Testimonio de la espiritualidad en la vida contemplativa: Consagrados por Dios por la causa de Dios – Centrarse en la causa de Dios hoy.
LA ESPIRITUALIDAD TEOLÓGICA DEL EDÉN
Voy a centrar la reflexión en una cita bíblica sobre la imagen antropomórfica del “Paraíso”. (Gen 2,8-15) Yavhe ha colocado al ser humano en un jardín, rodeado de belleza, fértil (cuatro ríos que distribuyen agua) inundado de vida. Es el lugar apropiado para que el ser humano sea feliz. Es su lugar, aquel donde al caer la brisa de la tarde se verá envuelto por la misma presencia de Yavhe: “oyeron después la voz de Yavhe Dios que se paseaba por el jardín, a la hora de la brisa de la tarde” (Gen 3,8). Este Edén (que significa “Delicias”) constituye un punto de referencia reciproco entre Dios y el ser humano. El Uno y el otro se encuentran al atardecer, es decir después de un prolongado tiempo cronológico donde se ha colocado nombre a todos los animales. Al entrar en la dinámica creadora de Dios el ser humano comienza un proceso ascendente de encuentro, en tres niveles: con la realidad Creadora (Dios. Gen 1,27-28) “Y Dios creó al hombre a su imagen y semejanza”. Con la realidad creada: ( Gen 2, 15-16). “Yavhe Dios tomó al hombre y lo puso en el jardín del Edén para que lo cultivara y lo cuidara”… Y consigo mismo: “no es bueno que el hombre esté solo… está si es hueso de mis huesos y carne de mi carne”. (Gn 2, 23). Desde estás tres dimensiones el ser humano queda totalmente instaurado en un ámbito de consagración. Nada que lleve la imagen de Dios en su esencia puede estar fuera de su existencia. Si la imagen, no la huella, es la característica de la autenticidad de una cosa: “de quien este rostro, le dijeron - del Cesar, pues dad al Cesar lo que es del Cesar” ( Mt 22, 15-21 ) la imagen de Dios ha de constituir necesariamente un eslabón de pertenencia, bajo la libertad de aceptarla o no. La espiritualidad es la desmenuzación de una totalidad: aquella que hace del ser humano un ser en plenitud. No cabe en la espiritualidad la parcialidad o la anulación.
El punto central de la reflexión se basa en un principio que creo fundamental, la humanización de la consagración. “Consagrados por Dios por la causa de Dios - centrarse en las causas de Dios hoy”, cuando leí este título pensé ¿Dios tendrá causas diferentes en cada época? ¿No existirá una sola causa? Y entendí que en Dios solo existe una causa: la humanidad, como punto culminante de la creación, su obra, este bello jardín regado y conservado con Amor. La belleza de la existencia está en su esencia, la belleza de este enorme universo converge en un punto, no referencial, sino constitutivo: hay un grito cósmico de presencia que envuelve la vida desde la misma fuerza Trinitaria con la que fue creado. Hasta el momento concreto del principio de la vida, todo era CAOS “la tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo… (Gn 1, 2). Cuando irrumpe la Palabra - “hagamos… que sea… “, algo se convulsionó en el Seno Trinitario y la fuerza creadora de Dios, del Eterno, del Trascendente inicia un proceso, durante el cual se abrirá un diálogo que llegará en la plenitud de los tiempo a ser HUMANO (“al cumplirse la plenitud de los tiempos envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer nacido bajo la ley para confundir a los que estaban bajo la ley”. Gl 4, 4). En este proceso humanizante de Dios se realiza también el proceso humanizante del ser humano. Dios toca nuestra esencia y la integra hasta darle consistencia divina, por eso el proceso de seguimiento de Jesús de Nazaret es un proceso de humanización. Desde esta realidad es entendible que la sala del banquete de bodas se llenara de comensales: “cojos, ciegos, lisiados” (Lucas 14:15-24) y que el rostro del Dios Trascendente se convertirá en el rostro del Padre Misericordioso. ((Lc. 15, 11-32).
LA ESPIRITUALIDAD CONTEMPLATIVA, UN CAMINO HACIA LA BELLEZA
La vida contemplativa se proyecta desde esta doble – única dimensión: La Totalidad Divina humanizada y la totalidad humanizada divinizada. Es decir converge allí donde el Misterio de Dios pasa a ser también misterio humano. La belleza, la felicidad, la presencia totalizante que envuelve el ser de la contemplativa, es confrontada desde los pasadizos oscuros de la fragilidad humana, de esta humanidad transeúnte de soledad, de dolor, de angustia y de muerte. Son signos profundos de pobreza humana, rasgada y perforada por dentro. En los pedazos rotos de las miradas vacías, en las oscuras galerías del dolor humano se sumerge la experiencia mística de la vida contemplativa. Su espiritualidad brota de la presencia viva del Dios de la Vida en el hoy y ahora de la historia. No existiría consagración si no se diera un ámbito profundo de encuentro con la humanidad. Dios consagra para su Reino, un Reino que no es de este mundo pero que se construye en el mundo: “todo será recapitulado en Cristo”. (Ef. 1, 3-10). La consagración religiosa compromete hasta las últimas consecuencias con la humanidad, en todas sus dimensiones. Como indiqué anteriormente no cabe en la espiritualidad la parcialidad o la anulación. ¿Desde donde parte la espiritualidad? ¿Qué es la espiritualidad? La espiritualidad parte de la experiencia de la realidad que va más allá de lo tangible pero que lo incluye, lo plenifica y le da sentido. Sin espiritualidad la existencia es como un núcleo cerrado de tiempo sincronizado y amorfo. Cuando Jesús de Nazaret se acerca al ser humano, cuando unge sus ojos, sana sus lepras o detiene su hemorragia no está parcializando la sanación desde la simple dimensión biológica, está entrando en contacto con su misma imagen escondida y distorsionada en lo profundo del alma enferma de quien se le acerca en el camino. De ahí que necesite comer con publicanos y pecadores, busca la belleza en medio de ese bosque interminable de humanidad desintegrada, “porque no necesitan médico los sanos sino los enfermos” (Mc. 2, 17). Cuando exige a sus seguidores, sus discípulos que amen a los que los persiguen y calumnian muestra de lleno que la trasversalidad del amor está en el perdón. Solo desde el amor se puede perdonar y devolver belleza y se puede construir un mundo amable, en el cual podamos mirarnos y descubrir que somos bellos/as. En el relato de la creación, únicamente cuando Dios crea al ser humano el Autor del libro del Génesis pone en labios de Yavhe la expresión más hermosa que se pueda dar: ” y vio que era muy bueno” (Gn 1,26-31), las frases anteriores eran:”vio Dios que era bueno”, pero aquí dice que era muy bueno Si la contemplación en sentido estricto viene a significar la capacidad de mirar con detención, para la vida contemplativa como tal, mirar con detención significará dos actitudes de un único movimiento: el Amor, que surge en el corazón del Padre y que es percibido por el Hijo en el corazón del pobre (en todos los ámbitos). Por lo tanto la espiritualidad en la vida contemplativa parte de esta misma experiencia, la mirada contemplativa de unos hombres y mujeres que husmeamos la Belleza y la Presencia de Dios allí donde existe un resquicio de vida. Estamos llamadas/os también a proyectar esa experiencia desde la belleza de nuestra propia vida, de ahí que la lucha diaria se base en desechar la mediocridad y aprender a leer la vida con clave de fe desde la fidelidad de Dios que nos consagró para su causa. Nos justifica la oración (somos contemplativas/os) pero nos autentifica el sentido de humanidad que late en nuestra realidad orante. Toda condición que formé parte del entorno humano, desde la persona hasta los lugares que les son propios: una vida digna, el derecho a la educación, el acceso a una asistencia médica adecuada, un techo, alimentos, medicinas, la lucha por la paz y la justica etc. son retos prioritarios de la espiritualidad contemplativa; los cristianos/a no pueden ser felices si sus hermanos los hombres y mujeres que construyen con ellos la historia viven en el dolor y la angustia vital de una existencia rota. Los ojos de la contemplativa deben ser como faros en la noche de la humanidad para proyectar en la oscuridad la luz y la belleza de Dios, que trasciende toda cultura, ideología, nivel social o religión para centrarlo en la única verdad necesaria: Cristo.
EL PROCESO DE UNA EXPERIENCIA PERSONAL
Durante los primeros años de mi vida como Dominica Contemplativa, viví con cierta inquietud la veracidad del llamado vocacional, no por dudas personales, sin no más bien por confrontación con la experiencia de mis hermanas. Si bien en el contexto eclesial de la Europa de los años 80 la espiritualidad en si misma había tomado una dirección propia, que asumía una experiencia más pastoral y de inserción, donde la mística partía más bien del encuentro no adyacente sino de opción por el pobre. Dentro de este contexto la vida contemplativa todavía no había respirado con toda profundidad el aire fresco que ofreció el Vaticano II, se estrenaba una mirada más humana, eso sí, sin olvidar el Tabor, pero no tan conscientes de que bajamos de la montaña donde nos encontramos con “Jesús solo”, es decir con la cruda realidad del día a día, sin Elías y sin Moisés, en el seguimiento de un Jesús de Nazaret que sube a Jerusalén para sufrir la pasión porque su amor al ser humano fue más allá de las mismas murallas de Jerusalén, murió fuera de ellas porque las murallas son símbolos de recintos cerrados y el Hijo del Hombre ha venido a buscar a la oveja perdida (Mt. 18:10-14) . La centralidad de la consagración fue durante mucho tiempo más que una experiencia profética como respuesta a la iniciativa de Dios que llama y consagra para el Reino, una respuesta de rigorismos ascéticos (y no estoy contra la ascesis, no es eso) que inicialmente parcializaba la misma Consagración y por lo tanto la misma respuesta. Siempre me he sentido una mujer feliz, agradecida por la vocación recibida, enamorada de la vida, creo en Dios porque creí en la humanidad, y aquí surgió la inquietud, el perfil de mi llamada no apareció a los pies del Sagrario, el grito oracional que brotaba en lo profundo del corazón lo descubrí en la mirada herida de una humanidad explotada. El miedo a errar en la recién estrenada vocación contemplativa me llevó a confrontar el llamado con el padre Marceliano Llamera, un reconocido teólogo dominico que con su sólida doctrina me descubrió que el rostro de Dios no puedo encontrarlo en el silencio del Sagrario si no lo he descubierto y besado en otro sagrario (¿quizá el mismo?) el del corazón humano. Una vez disipada la inquietud fui recorriendo el también recién estrenado carisma, apenas sabía algo del mismo, cuando encontré que en el carisma dominicano se conjuga la Verdad de Dios y la verdad del ser humano como una única verdad centrada en la Palabra, el Verbo, Cristo, entendí que los reglones de la vida escritos por Dios son aquellos en los cuales puede plasmar diferentes momentos e historias entrelazadas por un único vínculo: el amor y desde ahí construir una humanidad más fraterna, más humana, más enraizada en la búsqueda común del bien, de la libertad, del amor. La causa de Dios no ha finalizado sigue consagrando a hombres y mujeres en el silencio y en la soledad para hacer de su oración un grito a la misericordia a Dios y una tensión vital hacia la realidad humana que gime con dolores de parto.
Sor María Ángeles Martínez Moreno OP
Dominica Contemplativa
Monasterio Inmaculada de Atacama – Copiapó , Chile
© de copyright.
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