LA ESQUINA

LA ESQUINA


EL TIEMPO Y LA VIDA

Son las 6 de la mañana, se abre esquizofrénica la helada jornada copiapina, en la esquina trasversal de la calle Chañarcillo. Las chirriantes ruedas del colectivo amarillo, torpes y explotadas por el nocturno y furtivo turno callejero, anuncian un despertar polvoriento y seco, como este vasto desierto de Atacama, que cruza el norte como un grito solitario de vida escondida. Este desierto que florece cuando las lluvias, escasas en este lugar, se tornan abundantes y dan a todo la región un colorido casi de ensueño. Firme y árido el desierto abre sus entrañas para florecer.
La improvisada frazada cartonera de Yoni se mueve atemorizada ante un pequeño movimiento del cabo Sepulveda, que otea la calle en busca de infracciones solapadas, con las que escalonar su talonario de partes circulatorios. Para Yoni el tiempo y la vida son una alianza con la pobreza y el alcohol. Su empobrecido cuerpo se arrastra como culebra espantada, enfundado en la raída camisa roja sellada con el último trago de la noche.
- Vamos, despierta cabrito, fuera.
El cabo Sepúlveda , enfundado en su estereotipado uniforme, lo sacude con fuerza enfrentándole con la ruindad de su miseria.
- No me toques
- Paco ( término de utilización vulgar para denominar a los carabineros de Chile), eres un Paco inservible
- ¡Qué! Levántate podrido, que estás hediondo de alcohol.
- No me toques Paco, le grita Yoni con voz entre entrecortada y ronca.
- Que te calles… fuera.
Para Yoni la calle Chañarcillo es su sala de fiestas, se le puede encontrar tendiendo la mano:”una monedita para un pancito, madrecita”.
Yoni es como el marco más joven de este entorno de marginación.
¿Quién es Yoni, de donde salió Yoni, a quién le importa Yoni?
Eso si, no ha pasado desapercibida, para nadie, la golpiza que le proporcionaron dos semanas atrás. Su rostro amoratado y su brazo vendado, forman parte del paisaje callejero de la calle Chañarcillo. El maridaje perfecto entre desolación y  desorden.
Cadenas de temporeros arrastran la injusticia grabada en las taciturnas pupilas de sus largos días de valle, bajo la presión del patrón, la agonía del alcohol y la angustia forzada de un “norte” que les sedujo con la máscara maldita del “porvenir mejor”.
Tumbado en la acera, a la sombra del gran “Dolomitti”, te sonríe Patricio Tapia: “madrecita, una monedita, soy de Temuco y mire, madrecita que no encontré trabajo en el valle. Diosito la pagará, madrecita para un pancito”…. Con mirada majestuosa, teñida del rojo nublado del borracho empedernido, intenta convencer a la  hermana Yesica del provechoso fin de su aportación monetaria. Con olor a acequia, reventado de mugre hasta la última célula de su ser espera la moneda de 100 pesos, como el contiguo escalón del primer trago del día. Corre por sus venas el calor humeante del vino añejo con más intensidad que ese bosquejo soleado, que se abre alas 7’30 de la mañana en esta esquina de Chañarcillo
- Buenos días Boliviano ( Yoni no le hace caso)
- compadre que jodía está la mañana ( Yoni sigue su mundo)
- ¿qué pasa compadre, no estás ni ahí?
¿Qué te creis?
Yoni camina enfundado en su esquizofrenia polvorienta, con el minuto de la vida pisándole los talones.
¿Será qué habría química con la pobreza? ¿Será que la mano alcoholizada de ambos podrán estrecharse en el tiempo? O ¿será más bien que la vida les acortó su tiempo?. Son los herederos predilectos de la esquina. Los lamedores “capos” de la conciencia ajena, los miserables de la “monedita y el pancito, son los supervisores del monedero ajeno, son los rotos, los quebrados, los peloteros de la noche, los inquilinos de las frazadas cartoneras y el desecho callejero.
Con la patética sonrisa de Patricio, una diría que la belleza corrió espantada de su ser. Quemado por el sol abrazado a la desgracia de un pasado sureño de maltratos y pobreza, recorre desde hace 12 años las enigmáticas calles de Copiapó, donde llegó enfundado en un desorden perfecto de heridas y agresiones.
La sonrisa de la hermana Yesica, da un tono de calidez a su sombría mirada. Le saluda tan cortésmente que ella siente en aquellos ojos como un volcán de vida.
Yesica llegó a Copiapó hace varios años. Joven, emprendedora, crítica y comprometida con el ideal de su vocación, experimenta con los pobres algo que ella califica como “inenarrable”, son una realidad profunda en su vida, los pobres tienen acceso libre a su corazón. En ellos su ternura de mujer se identifica, son la expresión humana de un anhelo: Dios.
Bajó del colectivo amarillo y se dirigió hacia la calle Chacabuco, allí en la esquina con Chañarcillo.
¡Madrecita!
¡Qué sorpresa!. Tanto tiempo sin saber de ti.
Es Camila, una joven de la población Los Minerales, una niña de la calle, que creció manoseada por la prostitución en el club del “Tio Lolo”.
Camila, pero que alegría
¿Cómo estás?
Camila baja la mirada, se sonroja y con voz angustiada le responde.
Mal, madrecita, se me acabó la plata y el doctor Jorquera me dice que tengo SIDA. El tío “Lolo” me sacó del club, ando viviendo en el río, con mi hijita. Diosito se olvidó de mi.
Camila había sido una niña feliz, hasta los 7 años. Por aquellas fechas unas amigas indujeron a su madre a consumir pasta base. La adicción fue más fuerte que su responsabilidad como madre y poco a poco el desorden y la irresponsabilidad lograron que su madre, la abuela de Camila, la echara de casa, desde su matrimonio había vivido en la casa materna. En la calle dormía debajo del Mapocho y cualquier esquina le servía de estancia durante el día. Camila cansada de los malos tratos que le proporcionaba la nueva pareja de su padre decidió dejar el hogar a las 14 años y comenzar su trayectoria en la calle, el tío Lolo la recogió para involucrarla en su red de prostitución. La hermana Yesica la conoció en el hospital, ella acompañaba a una hermana mayor y enferma de la comunidad y Camila había sido hospitalizada por una infección pulmonar seria, las defensas bajas le había ocasionado dicha situación física.
Camila, hija como no te cuidaste, tienes una niñita.
Madrecita, ya se , pero necesitaba tener algo para alimentarla y el club del tio Lolo ya no daba muchos clientes.

Yesica la mira con una ternura indescriptible, la estrecha fuertemente con un abrazo que va más allá de lo humano. Al contacto con el dolor ajeno los sentimientos se agolpan en su corazón. Siente que en aquella esquina se concentra demasiado dolor, demasiada injusticia, parece que el tiempo estuviera abrumado de desdichas y por sus venas de sangre joven corren oleadas de rabia contenida.

No, Camila Diosito no se ha olvidado de ti. Le sonríe y le acaricia las mejillas, Diosito está a tu lado. La vuelve a abrazar con un calor tan humano que Camila rompe a llorar desconsoladamente. Lleva muchos años recibiendo abrazos de pobreza, y sintiendo sobre su piel desahogos frustrados de deseos mezquinos y de abusos. El abrazo de la hermana Yesica, es el abrazo de la vida, de la esperanza, el abrazo interminable en el tiempo, de alguien que la quiere desde su dignidad de mujer.

La hermana le coloca unos pesos en la mano y le indica que compre algo para ella y para la niña

Pasa por casa, Camila y arreglamos lo del doctor, en el próximo control te acompaño y vemos.

La sonrisa de Camila se convierte en el símbolo callado de un tiempo interminable. Sin darse cuenta los ojos de la hermana se han cubierto de lágrimas. Por un instante se remonta en el tiempo. Apenas cumplidos sus 17 años, aquel verano en Bariloche fue definitivo. Había terminado la secundaria y sus padres , ricos empresarios mineros, le preparaban un bonito regalo, un viaje a Europa. La vieja y añorada Europa, la cansada Europa. La añeja Europa, la totalmente otra. Para aquel entonces sus conversaciones con el padre Juan, dominico español, ya habían fraguado una decisión: quería ser religiosa. Conoció en unas jornadas vocacionales a las Dominicas de la Sagrada Familia. La hermana María Jesús acompañaba su proceso. Un mundo de ilusión se abrió paso en su corazón.

No, mamá, no voy a viajar, he descubierto la vida desde un nuevo horizonte y quiero gastarla así, entregada a los más pobres.

¡Los más pobres!. Aquella afirmación resonaba tan fresca como entonces en su corazón. Después de 15 años, la hermana Yesica no había perdido la frescura del primer amor, su alegría e ilusión dentro de la llamada a ser religiosa la hacían levantarse cada día como estrenando la vida. Eso, si, aprendió a leer la historia con otra clave, a dar a la realidad consistencia y a entender que el misterio humano se escribe muchas veces en dimensiones inapropiadas o con interrogantes indescifrables. En su primera asignación en Santiago, trabajó muy de cerca con los enfermos de sida. Son en la actualidad el desecho y la escoria humana. Son la plaga peligrosa que atenta contra las sociedades modernas y materialistas, son la lista negra de la historia.
Fue muy duro cuando la oposición de los vecinos de Las Condes obligaron a desalojar un centro para enfermos terminales de sida. En aquel entonces comprendió que no siempre existe otra esquina para miles de personas abarrotadas en la esquina miserable de la vida. Ellas son el alimento carroñoso de los políticos de turno que visualizan perspectivas a corto plazo para futuros económicos provechosos solo para unos cuantos.
LA OTRA ESQUINA
Se decide a entrar en el supermercado, para ello cruza hacia la otra esquina. Tiene prisa, a las 12 hay una reunión con las comunidades de base y no puede atrasarse. Con pasó rápido intenta adentrarse en el establecimiento, cuando sin darse cuenta tropieza con alguien que la reconoce.
¡Hermana Yesica! pero, que prisas ,¿ adonde va tan rápido?
Señora Marta, vaya sorpresa.
En la comunidad me preguntan por usted. Yo les digo que debe de estar bien de lo contrario ya habría llamado para pedir oraciones.
Si, madre, estoy bien gracias a Dios. Me preocupa mi hermana, ella sabe, es menor que yo pero tiene un problema neurológico degenerativo muy serio. Ahora mismo vengo del notario para hacer un documento donde le doy poder a mi hermana la de Santiago para que ella pueda disponer libremente de lo que necesite.
Si puedo el sábado las visitaré y ya les llevaré algo.
Gracias señora Marta.
Yesica entiende que la vida está mal repartida. La señora Marta tendría para mantener una familia hasta la muerte, y allí en la otra esquina, la de Chañarcillo, Yoni, Patricio y Camila luchan por las migajas que caen de la mesa de los ricos. Que utopía tan triste caminar con el peso del tiempo sintiendo bajo el piso el ruido escalofriante del temblor de la injusticia y la desigualdad. La semana pasada, en el salón de actos de las oficinas en la calle Los Carreras, la directiva de la minera “Ríos de Oro” había celebrado con un grupo numeroso de sus trabajadores un certamen informativo sobre un contrato con una empresa Japonesa. Con este nuevo contrato se reforzarán medidas más estrictas de producción, con platillas reducidas y con menos costo para la empresa, que se verá exenta del control anual de seguridad y controles sobre el buenl funcionamiento de la planta minera. Los nuevos socios tiene proyectado monitorear el terreno sin necesidad de que los trabajadores vivan el “acoso” de las agobiantes medidas de seguridad, solo es cuestión de revisar la mina desde una enorme pantalla en el cálido despacho del director de turno. Si falla una vagoneta y aplasta al trabajador será solo cuestión de apretar el botón de alarma colocado a la derecha de la pantalla, y con un poco de suerte quizá se le pueda rescatar con vida, es un sistema mucho más económico que andar invirtiendo en chalecos de seguridad o en vagonetas aseguradas o cualquier componente que suponga una gran inversión.

A la hermana Yesica, no le cuadran muchas realidades que en el fondo van teñidas de mezquinos intereses, en más de una ocasión ha sentido la necesidad de gritarle a la cara a uno de esos grandes empresarios multinacionales, la ruindad que se esconde en los nuevos modelos de economía mundial, que solo construyen sociedades empobrecidas y mediocres. Siente vergüenza de reconocerlo, pero allí en los mas secreto de su corazón ha visto dibujarse un deseo fuerte de ira y de venganza, si venganza en nombre de los miserables ( los que viven y saborean la miseria) que cruzan los caminos de la vida pisoteados por el tiempo y la historia. Ellos son los constructores de la verdadera sociedad, la del asfalto duro, seco y resquebrajado de la vida, los que realmente monitorean los corazones ajenos para descubrir en algunos ( quizá muy pocos) sentido de cordialidad solidaria.

Buenos días, hermana. Le saluda con un tono de voz tan cálido como su sonrisa.

La hermana acaba de entrar en el gran supermercado y al pasar por el despacho central encuentra al mismo dueño de este famosa cadena de supermercados chilenos. Don Eduardo Rivera, una de las más grandes fortunas del país. En alguna ocasión financió algún proyecto en la población Juan Pablo II. Cada tres meses visita Copiapó, donde posee una cadena de varios supermercados. La hermana Yesica ha sido alguna vez confidente de su esposa que tiene problemas serios de salud y siempre ha visto en ella una mujer madura con capacidad para ayudarle a salir de sus noches de oscuridad.
Mi esposa le envía saludos. Ella no me ha podido acompañar en esta ocasión, pero me dijo le notificara que la próxima semana le será posible visitarla.
Gracias don Eduardo, le da también mis saludos.
Pase hermana, en el despacho está Ximena, ella tiene un sobre para usted.
Gracias nuevamente don Eduardo, pero no tenía que molestarse.
Hola, Yesica,
Le saluda Ximena que ya había sido avisada por su jefe de la visita de la hermana. Le entrega un sobre blanco y le regala una bonita sonrisa.
Gracias Ximena, nos vemos en la parroquia. Desde hace 4 años Ximena colabora en la catequesis de la parroquia de San Francisco y se siente muy cercana a la hermana.

Para Yesica la vida se torna demasiado densa en algunas ocasiones y siente que se romper su integridad personal frente a esa forma solapada de seguir proyectando superioridad y despotismo.
Don Eduardo es buena persona, pero no ha podido superar cierto temor a quedar en la ruina, está situación le hace aparecer como una persona agobiada e incluso exigente.
Don Eduardo temeroso por no perder nada de lo acumulado ( que es mucho) y Yoni asustado frente a la posibilidad de no tener como pasar la noche. El uno y el otro gravitando en la misma esfera humana con la sorprendente diferencia que da unas acaudaladas cuentas bancarias en uno y un bolsillo vacio en otro.

Todo es cuestión de caminar por la vida con tono ejecutivo y dejar que el tiempo devore los segundos y pisotee los derechos, no mas, es fácil. Siempre la tacharon de crítica, demasiado crítica. No tiene la menor intención de cambiar. Le duele la vida arrastrada de los pobres, le duele el rostro indiferente de las políticas mundiales que viven prometiendo mentiras y arrasando libertad y dignidad.

Sale del supermercado; absorta en sus pensamientos espera el cambio del semáforo y se dispone a cruzar al lugar donde se encuentran los colectivos que la llevarán a Tierra Amarilla.
Alguien la toma del hombro y puede escuchar a su espalda una voz muy muy familiar.
Hola, reverendísima hermana.

¡Oh!, esta si que ha sido la gran sorpresa de la mañana, responde Yesica, casi emocionada.
¿Qué hace usted aquí, don Fernando?.
Que le parece, como si los obispos no necesitásemos también dar una vuelta por el supermercado.

El entrañable don Fernando. Se puede apreciar en su rostro las inconfundibles huellas de su delicado estado de salud. Para nadie es un secreto la grave enfermedad que acosa a don Fernando. Se encuentra en la fase final de un cáncer de páncreas, con aspecto ojeroso y cansado, todavía sigue acompañando las jornadas de reflexión para el clero diocesano, las plenarias de las comunidades de base y dejando en todos los rincones del suelo atacameño la profundidad de su presencia sumergida en Dios.
Don Frenando, la mira y en sus ojos se desvela la cercanía de la muerte. Ha sido durante 27 años el entrañable y querido obispo de Copiapó. Desde hace 4 meses vive luchando con su enfermedad, como se lucha contra un aguerrido y fornido contrincante.
La conversación entre ambos se tiñe de calidez y don Fernando le comparte su inquietud por no haber podido llegar a toda la gente, esa gente entrañable de Copiapó a la que hubiera deseado acercarse para despedirse. A la hermana se le encoge el corazón. Recuerda su primera visita al obispado. Y la bondad de su obispo. Para don Fernando esta diócesis constituyo todo el despliegue de su trayectoria como pastor de esta iglesia particular. Durante la dictadura militar había luchado por salvaguardar la justicia. El mismo había conseguido proteger a los perseguidos o maltratados, fueren de la ideología que fueren. Con ello no se ganó la simpatía de quienes maridaban con el gobierno militar. Copiapó fue su destierro, consiguieron con ello mantenerlo alejado pero… callado. No lograron hacerlo callar. Don Fernando es ya la voz del pueblo, vive en la realidad cotidiana de todos. Solo le hará callar la muerte y aun así quedará la fuerza de su mensaje como un reproche continuo hacia quienes agonizan en el despotismo del poder por el poder.
Qué alegría verle, de verdad don Fernando. La madre Mónica estará muy contenta si un día almuerza con nosotras. Hace tiempo que no nos visita y necesitamos su presencia. A ver si se anima y le vemos prontito por casa.
Don Fernando la bendice y le promete visitarlas y almorzar con ellas la próxima semana.
Gracias, le esperamos, ¡pero de verdad eh !
Es un día teñido de demasiada carga emocional para la hermana Yesica .
Sujeta al tiempo quisiera que ese mismo tiempo fuera como un reclamo de la historia donde todo tuviera mayor coherencia y sensibilidad. Donde las miradas de todos los seres humanos pudieran concurrir en un mismo punto y poder gritar a todas las generaciones que la vida no es una utopía, que esas dos esquinas pueden entrecruzarse y dar al camino mayor seguridad y belleza. ¿Qué pasaría se pregunta si por un instante la vida se diera la vuelta, en la esquina de Yoni, Patricio y Camila se colocaran doña Luisa, los jefes de Rios de Oro o don Eduardo Rivera?. ¡Existen tantas esquinas por recorrer en el mundo!. Quizá descubrirían la belleza desde el corazón, desde dentro, sin tantos cálculos económicos y sin tantos egoísmos camuflados.

¿A tierra Amarilla, hermana?

Si, gracias, esperen no se vayan les grita Yesica a los colectiveros que están por partir.

Acelera el paso y por fin puede llegar al paradero de los colectivos.

Aquí, hermana, suba no mas.

El colectivero emprende la marcha por  la avenida Copayapu y toma recto el camino hacia el norte. En el corazón de Yesica resuena una tenue música que le configura interiormente y le hace sentirse feliz. Ha sido capaz de leer el paso de Dios en esas miradas que hoy le han hablado tan profundamente, se ha sentido acariciada por ellas. Ha podido entender que las dos esquinas forman una diagonal importante, pero  tienen distancias también tan importantes como distantes. Solo el amor podrá acercarlas y entrecruzarlas, ella se siente feliz, sus ojos hablan de mucha entrega y de mucho amor En su rostro se dibuja la vida, la que bulle en su ser de mujer consagrada con tanta fuerza que nadie se la podrá arrebatar.


¡Yesica, Yesica, Yesica, me escuchas, estás ahí!

¡Yesica!. Mujer date prisa, hoy te toca cantar el salmo de Laudes.

¡Qué pasa!

¡Ah, las 7 de la mañana!

Vale, vale, ya bajo rapidito al coro. Lo siento me dormí

La hermana Yesica toma conciencia de la realidad y de verdad que se había dormido. Todo había sido un sueño. Ha soñado con la vida, como imágenes vagas quedan en su memoria rostros y palabras, pero estaban ahí, podía sentir en su corazón el calor de sus miradas. Están, en ese rincón de su existencia que pertenece a los pobres.

Al abrir la puerta de la capilla siente sobre si las miradas inspectoras de sus hermanas de comunidad, disculpen si, me dormí.

Entona el salmo

Aclama al Señor tierra entera

Servid al Señor con alegría

Entrad en su presencia con Vítores

A la hermana Yesica le rebosa el corazón de alegría, sabe que su canto es un rozar la belleza y el amor, y la verdad y todo comienza a ser en ella posible, ha estrenado un día y es feliz.

Despues de tomar desayuno con sus hermanas se despide rápido, ha de tomar el colectivo para bajar de Tierra Amarilla a Copiapó.

Chao, sor Beatriz, me voy rápido que llego tarde, te espero en la esquina de la calle Chañarcillo, en el obispado nos han citado a las 9’30. Nos vemos allí.



Sor María Ángeles Martínez
DIEGO

1ª – PARTE

Amaneció un día frio. Eran apenas las 7 de la mañana cuando Leticia, la mama de Diego, descubrió que este todavía daba vueltas en la cama sin apenas despegar una pestaña de sus ojos para conseguir dar un salto y no llegar tarde a clase.
 - Diego, hijo, le grito Leticia, son las 7 y en media hora más vendrá la micro para ir al colegio, vamos hijo levántese.
No era fácil para Diego obedecer a mamá. En el fondo de su corazón no quería ir a la escuela
Toda la semana había sido muy dura, percibía que su realidad de niño se estaba rompiendo, algo en su corazón le perseguía hasta no dejarle tranquilo. Y Diego hizo un gran esfuerzo para salir de la cama.

- Mamá, es que no quiero ir al cole, es aburrido, la profe dice que debemos amar mucho el colegio, dice que cuando seamos grandes todo este tiempo será como el mejor regalo que hayamos recibido en nuestra vida
 - Sabes, mamá yo no quiero ser mayor, no quiero estudiar, no quiero nada.
 - No quiero ir a la escuela.

Y Leticia le miró con el cariño tierno de una madre.
Algo en su corazón le decía que los recién estrenados 12 años de su hijo no sería fáciles. Ella trabajaba de camarera en un local de comidas y muchas horas del día las ocupaba allí, tenía que trabajar duro para poder dar a Diego una buena educación. Los espacios de encuentro entre ella y su hijo se iban alargando, se habían reducido a los fines de semana compaginados con el lavado y planchado de la ropa. La pley, (esa máquina de juegos interminables), de Diego le ocasionaba en muchas ocasiones un mutismo escalofriante, madre e hijo estaban comenzando a ser dos grandes desconocidos.

Leticia recordó aquel primer latido de Diego en su vientre. Tantos años esperando un hijo. En aquel momento sintió dentro de sí que todo el universo se plenificaba en ella y que la gravitación del tiempo y del espacio estaban conjeturando en ella la vida, algo se movía, algo brotaba, su esencia de mujer se sintió arrollada por una emoción, - si – iba a ser madre.
La tarde anterior habían hablado varias compañeras de trabajo de lo ridículo y pasado de moda que es optar por la vida cuando ésta condiciona la libertad.

- No es justo que nuestra condición de mujeres tenga que verse sometida 9 meses a un deterioro tan fuerte.
- Ya basta de machismo y de sociedades impositivas que nos tiende una red hacia la esclavitud.
- No, afirmó con fuerza Yohana, la maternidad es un mito inventado por el varón para someter a la mujer desde algo tan condicionante como es tener un hijo. Han intentado desde hace milenios hacernos caer en la trampa de que esa vida es intocable pero yo no lo acepto, soy dueña y señora de mi cuerpo y no lo someteré a una maternidad que no deseo, ni entiendo ni necesito.

Los comentarios de las demás jóvenes estaban incluidos en la misma idea.
Y Leticia sintió vergüenza de si misma, se sintió juzgada en si misma y callo, si calló el grito de alegría que le ahogaba ante su próxima maternidad.

 - Diego, hijo, ¿ya se vistió?, mire que dentro de 10 minutos pasará la micro del colegio.

Volvió a retroceder en el tiempo,: era un viernes a las 5 de la tarde. El doctor Bustamante, un buen ginecólogo de Copiapó, le había concedido una cita  en los últimos turnos de la tarde. Para ella aquel control sería decisivo, lo había meditado muchos meses, ella quería un hijo, necesitaba tener un hijo. La situación física de Mario, con el que llevaba casada 7 años, no aseguraba un embarazo.
Nerviosa, se adentró en el despacho del doctor, cuando éste refirió el tan conocido y sabido “pase”. Si, pasó, muy, muy asustada; ahora después de 12 años, aquel encuentro se cierne en su mente como una triste pesadilla. El doctor abrió antes sus ojos un sobre blanco y durante unos segundos leyó en silencio su contenido.
 - Leticia, todo está en orden, puede comenzar su tratamiento sin ningún riesgo.
Su respuesta fue rápida, sin apenas un segundo de reflexión.
Doctor, Mario no lo sabe.
A Mario le costó aceptar su incapacidad física para engendrar. Cuando le contó a Leti antes de la boda temió un rechazo total por parte de ella. Los años del hogar sin niños habían cubierto de sombras demasiados espacios del corazón. La decisión la tomó ella sola. Acudiría al banco de semen.

Mañana citaré a Mario y yo mismo le comunicaré, fue la respuesta del doctor. El doctor Bustamante había encontrado en Leticia un buen terreno para practicar sus últimos descubrimientos respecto a la mecánica genética.
Aquella noche fue para Leticia como un deambular por el infierno. El miedo, el rechazo, la tristeza, se abalanzaron sobre su mente como señores feudales del pensamiento. Mario no entendería, el no aprobaría su decisión
 - Diego, corre, la micro se acerca, vamos date prisa.
 - Chaito mamá, no te olvides del super ocho y el chocolito.
 - Diego corrió hacia la micro con aire desenfadado.

Sentada en la cocina, viendo correr a su hijo, recordaba con dolor el abandono de Mario. El no aceptó la propuesta de Leticia. No podía someterse a ser un padre fantasma, era como la degeneración emocional de su paternidad frustrada. Fecundar desde el banco de esperma era para el la degradación de la virilidad. La programación en serie de un nuevo producto: los hijos. Se vende el material de trabajo y se elabora un ser humano. No, Mario no entendió y aquella misma semana se alejó para siempre de casa.

Sola y con un embarazo tan enigmático, Leticia sintió en algún momento la desesperación y la posibilidad de haber cometido un error.

Después de ver a Diego subir a la micro corre la cortina de la sala de estar y decide encontrarse con ella misma. Son las 8 de la mañana, Diego regresará a las 4 de la tarde.

No puede negar que tiene miedo de la siguiente reacción de su hijo. El día de su cumpleaños, Diego lloró amargamente. Cuando Leticia entró en su cuarto y lo vio llorar, cuando le pidió que le dejara solo, cuando le recriminó ser un hijo de todos, de cualquiera y de nadie, algo se estremeció en su corazón. Diego necesita el rostro de un padre que nunca conoció y al que será imposible encontrar. Los espermas del donante no siempre son identificados. Siente que la personalidad de su hijo está humillada. Ahora reconoce con dolor su egoísmo. Está confrontada con un montón de pensamientos que le hacen estallar la mente. Se ha mirado en el espejo de su vida y solo ha descubierto las arrugas del tiempo que le hicieron soñar con un hijo. Tiene un hijo probeta, que nunca sabrá quién es su padre. Pero sus deseos maternales quedaron cubiertos. La agonía de morir sin escuchar la palabra mágica: “mamá” le habrían llevado a realizar cualquier acción por conseguir ser madre.

Siente que la vida es como una fuerte marea que aprisiona el ser y le conduce hacia un cauce desconocido. Todo en ella se mueve bajo el impulso social de un decreto de moda en una sociedad globalizada y manipuladora. Detrás de todo se solapan los intereses económicos de los países ricos. Desde que la vida se ha convertido en un negocio, la humanidad se suicida cada día al mostrar un rostro sin nombre al esperma que hará posible que un ser humano nuevo exista.

Leticia está totalmente angustiada, después de 12 años es capaz de mirar con realismo su verdadera situación y la estremecedora situación de Diego. Es su hijo, el hijo que anhelo tantos años, el hijo que concibió en una probeta, como se fecundan los huevos para que nazcan nuevos pollos. La única diferencia radica en la categoría.

¿Quién le revelará a Diego el rostro anónimo de su padre?. Diego será siempre el hijo de todos, cualquier donante pudo haber sido su padre, y el hijo de nadie, buscar el donante del esperma que le fecundó sería como preguntarle a las estrellas cual es la más bella. El tiempo no se detuvo en el laboratorio y Diego comenzó a sentir no calor humano, sino las paredes agobiantes de un tubo de ensayo que le convertía en mercadería para la humanidad.
 – Diego perdió sus derechos antes de nacer.

Los papás no sirven para nada, le ha escuchado decir, ellos son los egoístas ambulantes que edifican sociedades sobre escombros podridos de humanidad materializada.

Leticia llamó a su jefe para comunicarle que no llegaría al trabajo, hoy no puede arrastrar la vida de esa manera, le ahoga la existencia y por primera vez en 12 años siente miedo. Tiene miedo de su hijo Diego, siente la recriminación constante de una frase martilleando su mente: “mamá me utilizaron, fui la respuesta más fácil y más egoísta que has tomado en tu vida.

Te odio, mamá. Tu has asesinado mi ilusión y me has roto por dentro. Ne has concebido para la muerte. Me has negado una identidad.

Siente que se le encoje el corazón y las lágrimas brotan a borbotones desde su realidad de mujer.

Diego ha comenzado su trayectoria adolescente y los sentimientos, las incógnitas, todo su mundo interior se estructura desde la recién conocida verdad.

Leticia había aprendido a leer en silencio su mirada. Desde aquella noche en la cual Diego le enfrento con su pasado.

– Mamá. ¿quién es mi padre? . en la fotos del álbum estás vestida de novia agarrada de la mano de un hombre. ¿ es papa?. Por primera vez en muchos años, Leticia siente el peso del tiempo como una carga aplastante que le está impidiendo ser sincera. Debe decirle la verdad. No puede negarle la posibilidad de conocerla.

Fue un sábado en la noche, habían regresado del cine y Diego le pidió para cenar una pizza. Más allá del frío que azotaba la solitaria calle, enfundados en ambos chalecos se dirigieron a la pizzería “el dragón” , Leticia quería tener un espacio neutro para confesarle a su hijo la verdad. Eligieron una mesa ubicada en el rincón derecho del local. Después de 20 minutos, Leticia decide rondar el tema que le tiene planteado su hijo desde hace dos semanas. Con su ternura habitual le toma las manos, le acaricia las mejillas, y le besa en la frente.

-Diego, hijo, escucha lo que voy a relatarte. Necesito que me mires a los ojos para que puedas descubrir en ellos lo que encierra mi corazón. Se, que después de este relato, vas a sentirte  herido;

- soy tu madre Diego, me tienes cerca, eres parte de mi misma, quiero que esto lo recuerdes siempre. soy tu madre, siempre seré tu madre.

Y Leticia, comienza a relatarle, un poco emocionada, su historia, su verdadera historia y la realidad de su concepción.

- Hijo, nunca podremos saber quien fue tu padre,
La voz se le quiebra y en su interior experimenta un dolor tan fuerte que por un momento siente que todo su ser se paraliza. La mirada de Diego esconde una tristeza profunda. De pronto se encuentra frente a una pared negra como la noche, que le aplasta con tanta fuerza que llega hasta desconocer quién es, si ¿Quién es? ¿ qué identidad tiene?. Sus 12 años se han convertido en siglos de incógnitas. Su padre es un donante pagado, una paternidad vendida, un hombre del mercado genético mundial. Ese es su padre. La mercancía prototipo del mercado global.

Diego bajó la cabeza y las lágrimas recorrieron su rostro como dos impetuosos canales de angustia desbordados.

Sentada en el sillón con la cabeza recostada hacia atrás siente que la vida termina. Diego no la perdonará nunca. Para ella comienza una escalada difícil, ahogada, angustiada y sola, la vida se le ha vuelto opaca y sin sentido. Quizá deba recorrer el tiempo sintiendo sobre su piel el olor a humanidad quebrada. ¿Será que dentro de este proceso humano ella es la carcelera de la vida?. Una vida que anheló y que ahora le ahoga la existencia. No es fácil preguntarle a la historia por qué nos ha tratado así, ni recorrer esa historia como una pesadilla continua de errores cometidos. La historia es el proceso normal y sucesivo de acontecimientos que conjeturan la realidad haciendo posible que la humanidad adquiera identidad. ¿ qué es la identidad?. Ella misma la perdió cuando se convirtió en madre. Su realidad de mujer quedó ensamblada en la vivencia profunda de su maternidad, pasó de la mujer a la madre. Ahora el tiempo le da nauseas y todo en su ser es como un camino largo, denso, abrumado por una cerrada neblina que le ha opacado la existencia.

2ª – PARTE

Diego fue incapaz de perdonar a su madre. Las interminables peleas entre ambos acabaron con su huida de casa. Se convirtió en el prisionero de su propia historia. Navegó por la vida buscando las aguas tranquilas de la identidad. A los 17 años formaba parte de un reducido grupo de artistas que intentaban escenificar procesos humanos, representando realidades confusas desde proyecciones sociales diferentes. Para Diego era fácil recurrir a la abstracción de su propia historia. Después de tres años intento borrar su pasado adentrándose en el desesperado mundo de la droga. El fantasma más degenerador de la calidad de vida que quita al ser humano dignidad y libertad..

Los momentos de su vida más oscuros venían teñidos por una idea fija, recurrente. Se veía flotando en medio de la oscuridad y girando cada vez más rápido en una región de si mismo sin nombre, fuera casi del tiempo. La angustia se apoderaba de el y cuando intentaba poner los pies en el suelo, no había nada, se sentía y vivía como alguien sin identidad. El vacío y la nada. Como saliendo de un proceso sin proceso, sentía rabia y confusión.

No le ha sido fácil vivir. Cuando dejó a su madre, apenas había estrenado los 15 años. durante dos años vivió con los tíos de Santiago, allí conoció al grupo de jóvenes artistas con los cuales había formado aquella pequeña compañía de teatro. Más tarde abrumado por la angustia de un pasado no identificado, decidió entrar de lleno en el mundo de la droga. Los primeros meses había fumado porro y más adelante acabó inyectándose drogas alucinógenas. Para Diego la vida se hizo insoportable, era un fugitivo de la felicidad que había perdido y un rastreador de identidad no localizada.

Hace dos meses llegó a Copiapó; un antiguo compañero de adicción, Ricardo Rojas, le había invitado. Los padres de Ricardo realizaban un viaje por Europa y la casa que ocupaban en Bahía Inglesa (Caldera) les brindaba la oportunidad de volver a compartir. En aquellos momentos Diego se encontraba en Arica, allí negociaba la compra y venta de droga que le llegaba desde Perú, ahora era el dueño de su presente, de la caricatura de su presente. Todavía podía asomarse en las noches cerradas y descubrir en la oscuridad como un inmenso fantasma revoloteando sobre su vida.

Aquella noche Diego caminó despacio por la playa, estaba solo, como una inmensidad humana de despojos esqueléticos, sin razón de ser y sin sentido. Se acercó a una roca y quedó inmóvil frente al mar, su mirada era una encrucijada, perdida, sin horizonte, como acariciando el sin sentido que le había acompañado toda la vida. Se veía teñido de inseguridad y con las manos extendidas intento acariciar el viento que levemente le azotaba el rostro despertando en el nostalgia de encuentros, de calor, de vida, se siente cruelmente herido y experimenta un frío intenso que le deja paralizado. Recuerda los días felices de su niñez, en casa con mamá. Todavía huele cada mañana al pan calentito y a la harina tostada que Leticia solía prepararle antes de ir al colegio. La sonrisa abierta y acogedora de su madre es como un martilleo constante en su corazón. Ella fue una mujer egoísta, su opción la colocaba entre la vulgaridad de un maternidad vendida. Pobre mamá.

Leticia había sido hospitalizada en la clínica de salud mental, santa Lucia. Hace varios años que una nube intensa de un presente no aceptado le oprime, le trastorna. Ahora sus horas pasan lentamente acurrucada sobre una fotografía vieja de su hijo Diego. Su mirada es como una pared sin forma ni color. Sostiene esa vieja fotografía que besa y acaricia. Su sonrisa evoca tierras y recuerdos lejanos.

Leticia, pobre Leticia. El estallido de su maternidad se congeló en su corazón después que Diego no le perdonara ser hijo de un padre anónimo, de un donante cualquiera.

También aquel día ella sentía estallar su corazón y un escalofrío le recorrió el alma.

Cuando la hermana Beatriz se acercó a su habitación con la medicación acostumbrada Leticia era ya un suspiro silencioso e inerte. Había traspasado la barrera del tiempo y su corazón dejó de latir. Acurrucada sobre su mejilla estaba la fotografía de Diego. Sor Beatriz la retiró, emocionada puedo leer en el anverso: “Diego el hijo de mis entrañas, la razón de ser de mi vida y de mi muerte”.

Pasada la media noche Diego regresó a  casa. Ricardo le recordó que a la mañana siguiente el Dakar estaría llegando a Copiapó, no podían faltar.

- De acuerdo Ricardo, te prometo levantarme rápido. Pero prefiero ir solo, te espero en piedra Colgada, cerca del aeropuerto Chamonate.

Ricardo no entendió ese cambio brusco de planes. El día anterior habían programado acudir juntos al Dakar, incluso un camello que llegaría desde Tacna les entregaría en el lugar una cierta cantidad de marihuana. Intentó disimular su molestia por la propuesta de su amigo y se olvidó del tema.

Diego no ha podido dormir en toda la noche. La última dosis de droga era insuficiente y la ansiedad le conmocionó. Su mente está oscurecida, más oscurecida que nunca. Se apresura a levantarse, sin apenas dejarse notar, toma las llaves del auto y en menos de 10 minutos se encuentra rodeado del inmenso desierto que bordea el trayecto Caldera – Copiapó - Chañaral. Siente una necesidad impetuosa de bajar del auto y dejar que su mirada se pierda en aquel árido paisaje. La realidad externa que le rodea es mas cálida que aquella que bulle en su interior. En medio de ese silencio abrumador, su mente estalla en golpes de destino y como un martilleo constante se agolpa en su mente un calificativo desesperante: “el hombre sin identidad, el hombre sin identidad, el hombre sin identidad”. Lleva 25 años buscando una identidad que le defina como persona y solo los despojos del destino han sido su única respuesta. Es el hombre de nadie, la marioneta social desde el momento de su concepción. Sus ojos, sus cabellos, sus manos, fueron programadas con la misma precisión con la cual se programa un despertador para que suena a su hora. El fue programado para que sonara a los 9 meses, con precisión biológica, sin amor ni calor humano que precisara su primera consistencia como célula humana. Las frías paredes de un tubo de ensayo acunaron su primer indicio como ser humano. La cabeza le estalla. Detiene el auto en cualquier lugar y deja que la realidad sea su juez. Sentado al borde del camino en aquel desierto Atacameño proyecta la mirada hacia un infinito que se vuelve agobiante.

El tiempo de Diego ha pasado. Decide no volver a ser, no quiere seguir en el camino, está cansado de buscar nada porque el no es nadie, para emprender este viaje no necesita identidad, ya no la necesita.

Con paso aletargado, rutinario y frío, Diego proyecta la mirada hacia el infinito y en el profundo silencio del inmenso desierto copiapino su voz se quiebra con un grito desgarrador un grito salido de lo profundo de su ser herido. Si está herido de amor, su esencia humana está herida de amor. La primera percepción de su primer instante de vida no fue el amor sino la elección genética adecuada a la demanda. Tuvo suerte Diego, pudo haber sido uno de los restantes 5 embriones fecundados con él y destinados a la congelación indefinida o a desecho de laboratorio. A él le regalaron la vida, pero le congelaron el corazón.

Pobre Diego, herido de amor desde el tubo de ensayo, no pasó las primeras pruebas de la vida y se quedó con esta asignatura pendiente para siempre.

Después de una semana ( sin ser reclamado ni buscado), el cuerpo de Diego está totalmente cubierto por la arena de este vasto y árido desierto. Allí queda el ser que busco ser y no se encontró. El hombre que gritó humanidad porque se sintió utilizado por esa misma humanidad. Allí queda la imagen de un destino que pudo ser diferente. Allí queda una vida rota, manoseada, formalizada, desestructurada . Allí queda una cifra más de las realizadas en los miles de laboratorios del mundo. Allí queda el grito profundo de alguien que pasó la vida buscando vida.



En el departamento clínico de fertilidad, en la clínica Quirón, el equipo del doctor Dolz, presentó un nuevo proyecto para la fecundación invitro, incluso en el caso de donantes anónimos, la inyección intracitoplasmática. Con este nuevo avance científico esperan poder presentarse al congreso mundial de prácticas de fertilidad y con ello posiblemente el próximo año aumentaran en un 3% los ya existentes 5 millones de niños probetas del mundo. Este avance nos proporcionará una humanidad de nuevos Diegos que deambulen por la vida como fantasmas del tiempo mendigando una identidad que se les negó. Una humanidad impersonal en cifras humanas de laboratorio genético. Una humanidad herida de amor

Aclaración: este escrito lo presento como un cuento ( no para niños) dentro del género literario dramático. No es un relato fuera del tiempo, como suelen ser los cuentos, sino para enfrentar el tiempo. Simplemente presento la problemática que le puede surgir a cualquier ser humano que descubre que no fue fecundado con amor, sino en la fría realidad de un tubo de ensayo con el esperma de un donante anónimo. Tan poco lo presento como una crítica, ya que es solo una opinión personal, lo que me interesa que aprecien es la categoría del escrito y su género.

Sor María Ángeles Martínez Moreno