LA ESQUINA
EL TIEMPO Y LA VIDA
Son las 6 de la mañana, se abre esquizofrénica la helada jornada copiapina, en la esquina trasversal de la calle Chañarcillo. Las chirriantes ruedas del colectivo amarillo, torpes y explotadas por el nocturno y furtivo turno callejero, anuncian un despertar polvoriento y seco, como este vasto desierto de Atacama, que cruza el norte como un grito solitario de vida escondida. Este desierto que florece cuando las lluvias, escasas en este lugar, se tornan abundantes y dan a todo la región un colorido casi de ensueño. Firme y árido el desierto abre sus entrañas para florecer.
La improvisada frazada cartonera de Yoni se mueve atemorizada ante un pequeño movimiento del cabo Sepulveda, que otea la calle en busca de infracciones solapadas, con las que escalonar su talonario de partes circulatorios. Para Yoni el tiempo y la vida son una alianza con la pobreza y el alcohol. Su empobrecido cuerpo se arrastra como culebra espantada, enfundado en la raída camisa roja sellada con el último trago de la noche.
- Vamos, despierta cabrito, fuera.
El cabo Sepúlveda , enfundado en su estereotipado uniforme, lo sacude con fuerza enfrentándole con la ruindad de su miseria.
- No me toques
- Paco ( término de utilización vulgar para denominar a los carabineros de Chile), eres un Paco inservible
- ¡Qué! Levántate podrido, que estás hediondo de alcohol.
- No me toques Paco, le grita Yoni con voz entre entrecortada y ronca.
- Que te calles… fuera.
Para Yoni la calle Chañarcillo es su sala de fiestas, se le puede encontrar tendiendo la mano:”una monedita para un pancito, madrecita”.
Yoni es como el marco más joven de este entorno de marginación.
¿Quién es Yoni, de donde salió Yoni, a quién le importa Yoni?
Eso si, no ha pasado desapercibida, para nadie, la golpiza que le proporcionaron dos semanas atrás. Su rostro amoratado y su brazo vendado, forman parte del paisaje callejero de la calle Chañarcillo. El maridaje perfecto entre desolación y desorden.
Cadenas de temporeros arrastran la injusticia grabada en las taciturnas pupilas de sus largos días de valle, bajo la presión del patrón, la agonía del alcohol y la angustia forzada de un “norte” que les sedujo con la máscara maldita del “porvenir mejor”.
Tumbado en la acera, a la sombra del gran “Dolomitti”, te sonríe Patricio Tapia: “madrecita, una monedita, soy de Temuco y mire, madrecita que no encontré trabajo en el valle. Diosito la pagará, madrecita para un pancito”…. Con mirada majestuosa, teñida del rojo nublado del borracho empedernido, intenta convencer a la hermana Yesica del provechoso fin de su aportación monetaria. Con olor a acequia, reventado de mugre hasta la última célula de su ser espera la moneda de 100 pesos, como el contiguo escalón del primer trago del día. Corre por sus venas el calor humeante del vino añejo con más intensidad que ese bosquejo soleado, que se abre alas 7’30 de la mañana en esta esquina de Chañarcillo
- Buenos días Boliviano ( Yoni no le hace caso)
- compadre que jodía está la mañana ( Yoni sigue su mundo)
- ¿qué pasa compadre, no estás ni ahí?
¿Qué te creis?
Yoni camina enfundado en su esquizofrenia polvorienta, con el minuto de la vida pisándole los talones.
¿Será qué habría química con la pobreza? ¿Será que la mano alcoholizada de ambos podrán estrecharse en el tiempo? O ¿será más bien que la vida les acortó su tiempo?. Son los herederos predilectos de la esquina. Los lamedores “capos” de la conciencia ajena, los miserables de la “monedita y el pancito, son los supervisores del monedero ajeno, son los rotos, los quebrados, los peloteros de la noche, los inquilinos de las frazadas cartoneras y el desecho callejero.
Con la patética sonrisa de Patricio, una diría que la belleza corrió espantada de su ser. Quemado por el sol abrazado a la desgracia de un pasado sureño de maltratos y pobreza, recorre desde hace 12 años las enigmáticas calles de Copiapó, donde llegó enfundado en un desorden perfecto de heridas y agresiones.
La sonrisa de la hermana Yesica, da un tono de calidez a su sombría mirada. Le saluda tan cortésmente que ella siente en aquellos ojos como un volcán de vida.
Yesica llegó a Copiapó hace varios años. Joven, emprendedora, crítica y comprometida con el ideal de su vocación, experimenta con los pobres algo que ella califica como “inenarrable”, son una realidad profunda en su vida, los pobres tienen acceso libre a su corazón. En ellos su ternura de mujer se identifica, son la expresión humana de un anhelo: Dios.
Bajó del colectivo amarillo y se dirigió hacia la calle Chacabuco, allí en la esquina con Chañarcillo.
¡Madrecita!
¡Qué sorpresa!. Tanto tiempo sin saber de ti.
Es Camila, una joven de la población Los Minerales, una niña de la calle, que creció manoseada por la prostitución en el club del “Tio Lolo”.
Camila, pero que alegría
¿Cómo estás?
Camila baja la mirada, se sonroja y con voz angustiada le responde.
Mal, madrecita, se me acabó la plata y el doctor Jorquera me dice que tengo SIDA. El tío “Lolo” me sacó del club, ando viviendo en el río, con mi hijita. Diosito se olvidó de mi.
Camila había sido una niña feliz, hasta los 7 años. Por aquellas fechas unas amigas indujeron a su madre a consumir pasta base. La adicción fue más fuerte que su responsabilidad como madre y poco a poco el desorden y la irresponsabilidad lograron que su madre, la abuela de Camila, la echara de casa, desde su matrimonio había vivido en la casa materna. En la calle dormía debajo del Mapocho y cualquier esquina le servía de estancia durante el día. Camila cansada de los malos tratos que le proporcionaba la nueva pareja de su padre decidió dejar el hogar a las 14 años y comenzar su trayectoria en la calle, el tío Lolo la recogió para involucrarla en su red de prostitución. La hermana Yesica la conoció en el hospital, ella acompañaba a una hermana mayor y enferma de la comunidad y Camila había sido hospitalizada por una infección pulmonar seria, las defensas bajas le había ocasionado dicha situación física.
Camila, hija como no te cuidaste, tienes una niñita.
Madrecita, ya se , pero necesitaba tener algo para alimentarla y el club del tio Lolo ya no daba muchos clientes.
Yesica la mira con una ternura indescriptible, la estrecha fuertemente con un abrazo que va más allá de lo humano. Al contacto con el dolor ajeno los sentimientos se agolpan en su corazón. Siente que en aquella esquina se concentra demasiado dolor, demasiada injusticia, parece que el tiempo estuviera abrumado de desdichas y por sus venas de sangre joven corren oleadas de rabia contenida.
No, Camila Diosito no se ha olvidado de ti. Le sonríe y le acaricia las mejillas, Diosito está a tu lado. La vuelve a abrazar con un calor tan humano que Camila rompe a llorar desconsoladamente. Lleva muchos años recibiendo abrazos de pobreza, y sintiendo sobre su piel desahogos frustrados de deseos mezquinos y de abusos. El abrazo de la hermana Yesica, es el abrazo de la vida, de la esperanza, el abrazo interminable en el tiempo, de alguien que la quiere desde su dignidad de mujer.
La hermana le coloca unos pesos en la mano y le indica que compre algo para ella y para la niña
Pasa por casa, Camila y arreglamos lo del doctor, en el próximo control te acompaño y vemos.
La sonrisa de Camila se convierte en el símbolo callado de un tiempo interminable. Sin darse cuenta los ojos de la hermana se han cubierto de lágrimas. Por un instante se remonta en el tiempo. Apenas cumplidos sus 17 años, aquel verano en Bariloche fue definitivo. Había terminado la secundaria y sus padres , ricos empresarios mineros, le preparaban un bonito regalo, un viaje a Europa. La vieja y añorada Europa, la cansada Europa. La añeja Europa, la totalmente otra. Para aquel entonces sus conversaciones con el padre Juan, dominico español, ya habían fraguado una decisión: quería ser religiosa. Conoció en unas jornadas vocacionales a las Dominicas de la Sagrada Familia. La hermana María Jesús acompañaba su proceso. Un mundo de ilusión se abrió paso en su corazón.
No, mamá, no voy a viajar, he descubierto la vida desde un nuevo horizonte y quiero gastarla así, entregada a los más pobres.
¡Los más pobres!. Aquella afirmación resonaba tan fresca como entonces en su corazón. Después de 15 años, la hermana Yesica no había perdido la frescura del primer amor, su alegría e ilusión dentro de la llamada a ser religiosa la hacían levantarse cada día como estrenando la vida. Eso, si, aprendió a leer la historia con otra clave, a dar a la realidad consistencia y a entender que el misterio humano se escribe muchas veces en dimensiones inapropiadas o con interrogantes indescifrables. En su primera asignación en Santiago, trabajó muy de cerca con los enfermos de sida. Son en la actualidad el desecho y la escoria humana. Son la plaga peligrosa que atenta contra las sociedades modernas y materialistas, son la lista negra de la historia.
Fue muy duro cuando la oposición de los vecinos de Las Condes obligaron a desalojar un centro para enfermos terminales de sida. En aquel entonces comprendió que no siempre existe otra esquina para miles de personas abarrotadas en la esquina miserable de la vida. Ellas son el alimento carroñoso de los políticos de turno que visualizan perspectivas a corto plazo para futuros económicos provechosos solo para unos cuantos.
LA OTRA ESQUINA
Se decide a entrar en el supermercado, para ello cruza hacia la otra esquina. Tiene prisa, a las 12 hay una reunión con las comunidades de base y no puede atrasarse. Con pasó rápido intenta adentrarse en el establecimiento, cuando sin darse cuenta tropieza con alguien que la reconoce.
¡Hermana Yesica! pero, que prisas ,¿ adonde va tan rápido?
Señora Marta, vaya sorpresa.
En la comunidad me preguntan por usted. Yo les digo que debe de estar bien de lo contrario ya habría llamado para pedir oraciones.
Si, madre, estoy bien gracias a Dios. Me preocupa mi hermana, ella sabe, es menor que yo pero tiene un problema neurológico degenerativo muy serio. Ahora mismo vengo del notario para hacer un documento donde le doy poder a mi hermana la de Santiago para que ella pueda disponer libremente de lo que necesite.
Si puedo el sábado las visitaré y ya les llevaré algo.
Gracias señora Marta.
Yesica entiende que la vida está mal repartida. La señora Marta tendría para mantener una familia hasta la muerte, y allí en la otra esquina, la de Chañarcillo, Yoni, Patricio y Camila luchan por las migajas que caen de la mesa de los ricos. Que utopía tan triste caminar con el peso del tiempo sintiendo bajo el piso el ruido escalofriante del temblor de la injusticia y la desigualdad. La semana pasada, en el salón de actos de las oficinas en la calle Los Carreras, la directiva de la minera “Ríos de Oro” había celebrado con un grupo numeroso de sus trabajadores un certamen informativo sobre un contrato con una empresa Japonesa. Con este nuevo contrato se reforzarán medidas más estrictas de producción, con platillas reducidas y con menos costo para la empresa, que se verá exenta del control anual de seguridad y controles sobre el buenl funcionamiento de la planta minera. Los nuevos socios tiene proyectado monitorear el terreno sin necesidad de que los trabajadores vivan el “acoso” de las agobiantes medidas de seguridad, solo es cuestión de revisar la mina desde una enorme pantalla en el cálido despacho del director de turno. Si falla una vagoneta y aplasta al trabajador será solo cuestión de apretar el botón de alarma colocado a la derecha de la pantalla, y con un poco de suerte quizá se le pueda rescatar con vida, es un sistema mucho más económico que andar invirtiendo en chalecos de seguridad o en vagonetas aseguradas o cualquier componente que suponga una gran inversión.
A la hermana Yesica, no le cuadran muchas realidades que en el fondo van teñidas de mezquinos intereses, en más de una ocasión ha sentido la necesidad de gritarle a la cara a uno de esos grandes empresarios multinacionales, la ruindad que se esconde en los nuevos modelos de economía mundial, que solo construyen sociedades empobrecidas y mediocres. Siente vergüenza de reconocerlo, pero allí en los mas secreto de su corazón ha visto dibujarse un deseo fuerte de ira y de venganza, si venganza en nombre de los miserables ( los que viven y saborean la miseria) que cruzan los caminos de la vida pisoteados por el tiempo y la historia. Ellos son los constructores de la verdadera sociedad, la del asfalto duro, seco y resquebrajado de la vida, los que realmente monitorean los corazones ajenos para descubrir en algunos ( quizá muy pocos) sentido de cordialidad solidaria.
Buenos días, hermana. Le saluda con un tono de voz tan cálido como su sonrisa.
La hermana acaba de entrar en el gran supermercado y al pasar por el despacho central encuentra al mismo dueño de este famosa cadena de supermercados chilenos. Don Eduardo Rivera, una de las más grandes fortunas del país. En alguna ocasión financió algún proyecto en la población Juan Pablo II. Cada tres meses visita Copiapó, donde posee una cadena de varios supermercados. La hermana Yesica ha sido alguna vez confidente de su esposa que tiene problemas serios de salud y siempre ha visto en ella una mujer madura con capacidad para ayudarle a salir de sus noches de oscuridad.
Mi esposa le envía saludos. Ella no me ha podido acompañar en esta ocasión, pero me dijo le notificara que la próxima semana le será posible visitarla.
Gracias don Eduardo, le da también mis saludos.
Pase hermana, en el despacho está Ximena, ella tiene un sobre para usted.
Gracias nuevamente don Eduardo, pero no tenía que molestarse.
Hola, Yesica,
Le saluda Ximena que ya había sido avisada por su jefe de la visita de la hermana. Le entrega un sobre blanco y le regala una bonita sonrisa.
Gracias Ximena, nos vemos en la parroquia. Desde hace 4 años Ximena colabora en la catequesis de la parroquia de San Francisco y se siente muy cercana a la hermana.
Para Yesica la vida se torna demasiado densa en algunas ocasiones y siente que se romper su integridad personal frente a esa forma solapada de seguir proyectando superioridad y despotismo.
Don Eduardo es buena persona, pero no ha podido superar cierto temor a quedar en la ruina, está situación le hace aparecer como una persona agobiada e incluso exigente.
Don Eduardo temeroso por no perder nada de lo acumulado ( que es mucho) y Yoni asustado frente a la posibilidad de no tener como pasar la noche. El uno y el otro gravitando en la misma esfera humana con la sorprendente diferencia que da unas acaudaladas cuentas bancarias en uno y un bolsillo vacio en otro.
Todo es cuestión de caminar por la vida con tono ejecutivo y dejar que el tiempo devore los segundos y pisotee los derechos, no mas, es fácil. Siempre la tacharon de crítica, demasiado crítica. No tiene la menor intención de cambiar. Le duele la vida arrastrada de los pobres, le duele el rostro indiferente de las políticas mundiales que viven prometiendo mentiras y arrasando libertad y dignidad.
Sale del supermercado; absorta en sus pensamientos espera el cambio del semáforo y se dispone a cruzar al lugar donde se encuentran los colectivos que la llevarán a Tierra Amarilla.
Alguien la toma del hombro y puede escuchar a su espalda una voz muy muy familiar.
Hola, reverendísima hermana.
¡Oh!, esta si que ha sido la gran sorpresa de la mañana, responde Yesica, casi emocionada.
¿Qué hace usted aquí, don Fernando?.
Que le parece, como si los obispos no necesitásemos también dar una vuelta por el supermercado.
El entrañable don Fernando. Se puede apreciar en su rostro las inconfundibles huellas de su delicado estado de salud. Para nadie es un secreto la grave enfermedad que acosa a don Fernando. Se encuentra en la fase final de un cáncer de páncreas, con aspecto ojeroso y cansado, todavía sigue acompañando las jornadas de reflexión para el clero diocesano, las plenarias de las comunidades de base y dejando en todos los rincones del suelo atacameño la profundidad de su presencia sumergida en Dios.
Don Frenando, la mira y en sus ojos se desvela la cercanía de la muerte. Ha sido durante 27 años el entrañable y querido obispo de Copiapó. Desde hace 4 meses vive luchando con su enfermedad, como se lucha contra un aguerrido y fornido contrincante.
La conversación entre ambos se tiñe de calidez y don Fernando le comparte su inquietud por no haber podido llegar a toda la gente, esa gente entrañable de Copiapó a la que hubiera deseado acercarse para despedirse. A la hermana se le encoge el corazón. Recuerda su primera visita al obispado. Y la bondad de su obispo. Para don Fernando esta diócesis constituyo todo el despliegue de su trayectoria como pastor de esta iglesia particular. Durante la dictadura militar había luchado por salvaguardar la justicia. El mismo había conseguido proteger a los perseguidos o maltratados, fueren de la ideología que fueren. Con ello no se ganó la simpatía de quienes maridaban con el gobierno militar. Copiapó fue su destierro, consiguieron con ello mantenerlo alejado pero… callado. No lograron hacerlo callar. Don Fernando es ya la voz del pueblo, vive en la realidad cotidiana de todos. Solo le hará callar la muerte y aun así quedará la fuerza de su mensaje como un reproche continuo hacia quienes agonizan en el despotismo del poder por el poder.
Qué alegría verle, de verdad don Fernando. La madre Mónica estará muy contenta si un día almuerza con nosotras. Hace tiempo que no nos visita y necesitamos su presencia. A ver si se anima y le vemos prontito por casa.
Don Fernando la bendice y le promete visitarlas y almorzar con ellas la próxima semana.
Gracias, le esperamos, ¡pero de verdad eh !
Es un día teñido de demasiada carga emocional para la hermana Yesica .
Sujeta al tiempo quisiera que ese mismo tiempo fuera como un reclamo de la historia donde todo tuviera mayor coherencia y sensibilidad. Donde las miradas de todos los seres humanos pudieran concurrir en un mismo punto y poder gritar a todas las generaciones que la vida no es una utopía, que esas dos esquinas pueden entrecruzarse y dar al camino mayor seguridad y belleza. ¿Qué pasaría se pregunta si por un instante la vida se diera la vuelta, en la esquina de Yoni, Patricio y Camila se colocaran doña Luisa, los jefes de Rios de Oro o don Eduardo Rivera?. ¡Existen tantas esquinas por recorrer en el mundo!. Quizá descubrirían la belleza desde el corazón, desde dentro, sin tantos cálculos económicos y sin tantos egoísmos camuflados.
¿A tierra Amarilla, hermana?
Si, gracias, esperen no se vayan les grita Yesica a los colectiveros que están por partir.
Acelera el paso y por fin puede llegar al paradero de los colectivos.
Aquí, hermana, suba no mas.
El colectivero emprende la marcha por la avenida Copayapu y toma recto el camino hacia el norte. En el corazón de Yesica resuena una tenue música que le configura interiormente y le hace sentirse feliz. Ha sido capaz de leer el paso de Dios en esas miradas que hoy le han hablado tan profundamente, se ha sentido acariciada por ellas. Ha podido entender que las dos esquinas forman una diagonal importante, pero tienen distancias también tan importantes como distantes. Solo el amor podrá acercarlas y entrecruzarlas, ella se siente feliz, sus ojos hablan de mucha entrega y de mucho amor En su rostro se dibuja la vida, la que bulle en su ser de mujer consagrada con tanta fuerza que nadie se la podrá arrebatar.
¡Yesica, Yesica, Yesica, me escuchas, estás ahí!
¡Yesica!. Mujer date prisa, hoy te toca cantar el salmo de Laudes.
¡Qué pasa!
¡Ah, las 7 de la mañana!
Vale, vale, ya bajo rapidito al coro. Lo siento me dormí
La hermana Yesica toma conciencia de la realidad y de verdad que se había dormido. Todo había sido un sueño. Ha soñado con la vida, como imágenes vagas quedan en su memoria rostros y palabras, pero estaban ahí, podía sentir en su corazón el calor de sus miradas. Están, en ese rincón de su existencia que pertenece a los pobres.
Al abrir la puerta de la capilla siente sobre si las miradas inspectoras de sus hermanas de comunidad, disculpen si, me dormí.
Entona el salmo
Aclama al Señor tierra entera
Servid al Señor con alegría
Entrad en su presencia con Vítores
A la hermana Yesica le rebosa el corazón de alegría, sabe que su canto es un rozar la belleza y el amor, y la verdad y todo comienza a ser en ella posible, ha estrenado un día y es feliz.
Despues de tomar desayuno con sus hermanas se despide rápido, ha de tomar el colectivo para bajar de Tierra Amarilla a Copiapó.
Chao, sor Beatriz, me voy rápido que llego tarde, te espero en la esquina de la calle Chañarcillo, en el obispado nos han citado a las 9’30. Nos vemos allí.
Sor María Ángeles Martínez

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