Experiencia Espiritual de una Religiosa Contemplativa


La experiencia espiritual de una religiosa contemplativa
La invitación de la revista Testimonio a compartir algo de la experiencia espiritual, me hace retomar momentos definitivos en mi vida humana –religiosa. Quedaron como momentos que denomino “tiempos de manantial”, es decir tiempos de vida , en los cuales se forjó mi realidad como persona y fue tomando forma la capacidad contemplativa de mi ser. Son como manantiales en los cuales sigo bebiendo la presencia y el amor de Dios .Intentar plasmar en unas líneas algo que constituye una parte tan profunda de ti misma es como balbucir frases que solo el tiempo y la eternidad sabrán interpretar. También es cierto que solo desde la experiencia se puede constatar el paso de la vida o mejor el paso de Dios que ha dado sentido a la vida, más allá de las estructuras externas que han podido ir dando pincelas, siempre tenues, si las confrontamos con el verdadero dibujo plasmado “(predestinado) por Dios desde antes de la creación del mundo” ( Ef, 1,4 ) En el segundo relato de la creación del libro del Génesis leemos : “y Yahvé sopló en su nariz y el hombre comenzó a ser viviente”” ( Gn 2,7 ) Desde este momento el ser humano se convierte en un ser solitario ( no aislado) es decir en un ser “único e irrepetible”, en alguien diferente del “Alguien”, un ser inmerso en lo profundo de la creación con conocimiento y experiencia propia, capaz de trascender su misma realidad desde esa imagen y semejanza grabada en su ser. Es el ser humano con capacidad de encuentro que más allá de todo aquello que le hace sentir humano (único e irrepetible) vive la experiencia gozosa de saberse tocado por Dios “. Es importante hacer una distinción entre soledad y sentimiento de soledad. Siguiendo la cita antes mencionada voy a partir de un pasaje de la Sagrada Escritura sumamente positivo y lleno de un contenido vital para la comprensión de la idea que intento compartir : “Dios el Señor dijo “no es bueno que el hombre esté solo, le voy a hacer alguien que sea una ayuda adecuada para él”. Y Dios el Señor formó de la tierra todos los animales y todas las aves y se los llevó al hombre para que les pusiera nombre. El hombre puso nombre a todos los animales domésticos y a todas las aves y a todos los animales salvajes, y ese nombre les quedó. Sin embargo, ninguno de ellos resultó ser la ayuda adecuada para él. Entonces Dios el Señor hizo caer al hombre en un profundo sueño y mientras dormía le sacó una costilla y le cerró otra vez la carne. De esa costilla, Dios el Señor hizo una mujer y se la presentó al hombre el cual la verla dijo: “esta si que es de mi propia carne y de mis propios huesos … . (Gn 2, 18-24). El ser humano se sintió solo cuando no tenía experiencia del Otro y de los otros. Los animales “no resultaron ser la ayuda adecuada para él”, más allá de que son dominados y utilizados por el mismo. El ser humano puede adoptar frente a la realidad diversas actitudes, pero nunca el poder puede llenar o plenificar. De la adecuación de la realidad circundante con la experiencia profunda de ser única radica la experiencia de soledad, o bien como un valor positivo o como un estado depresivo. De ahí que me parezca importante la distinción entre soledad y sentimiento de soledad. La soledad forma parte de la realidad integral de la persona humana, es la conciencia profunda de saberse única, irrepetible, con capacidad para ser ocupada. Sin esa experiencia, todavía navegamos en la superficialidad de nuestra realidad y de la realidad de los demás De la soledad brota le experiencia del amor, unos versículos anteriores a los referidos, encontramos al ser humano invitado a vivir, “hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza”…compartamos con el la vida, la esencia del ser. Es invitado a ser, a entrar en la dinámica de la vida para compartirla, La soledad es infranqueable, porque yo, siempre seré yo, y mi realidad configurante se realizará a partir de aquella invitación a vivir “hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza”. De la aceptación de mi realidad brotará mi conciencia de ser y de ser para el encuentro. ”La música callada, LA SOLEDAD SONORA, la cena que recrea y enamora” .Bien entendía san Juan de la Cruz de soledad, con su doctrina sobre las “nadas” intenta llegar al verdadero rostro del ser humano, ese que buscado desde toda la eternidad por Dios debe sentir la desnudez de ser el y la plenitud de saberse en ÉL. El mismo libro del Génesis nos habla de un vestido que confecciona Dios al hombre (Gn 3, 21) para que se vistiera después de haber elegido un camino individualista, con ese traje a su medida, ( la humanidad de Dios) encontrará su verdadero rostro divino en el rostro humano de Dios ( Jesús de Nazaret) y en lo profundo de su corazón ya nunca existirá el vacío, la soledad será el punto de referencia para comenzar la locura de una vida vivida a lo divino donde “Él es el que Es y yo soy la que no soy” ( Santa Catalina de Siena). Desde esta intuición o experiencia de “soledad” va tomando forma vivencial la realidad de la dominica contemplativa. Constituye un “tiempo de manantial” insustituible, beber el agua desde la misma fuente es sentir la vida de Dios brotando desde dentro, y configurando nuestra esencia de mujer. Es la fuerza dinámica del amor que te centra en la unicidad Trinitaria de Dios y a la vez te proyecta sobre la humanidad con una mirada nueva, admirativa y compasiva. La mirada contemplativa, la mirada del corazón que configura tu ser en Dios pero a la vez te hace sentir una con la humanidad, te impulsa a mirar no las apariencias sino el corazón , Es la epifanía de la alegría que es la característica de la contemplación, la experiencia de Dios que se traduce en gozo porque toca la raíz de nuestra realidad y nos impulsa hacia la verdad de los demás .Por eso la experiencia espiritual de una contemplativa es una experiencia de fe.
LA FE QUE ABRE HORIZONTES No se si es apreciación personal pero intuyo que en más de una ocasión empobrecemos la vida con lo que “denominamos fe”, intentando hacernos o hacer creer que nos fortalece y que nos aproxima a la verdad la caricatura que hemos construido de la misma, ¿Qué es la fe? ¿existe la fe’ ¿tengo fe? ¿se ha perdido o he perdido la fe? Analizar la fe es perder el tiempo porque entonces deja de ser fe. Para una contemplativa esas preguntas no existen. La contemplativa vive en la más absoluta inseguridad, no puede concebir la vida en tonalidad asegurativa de una verdad que me hace sentir bien. Si eso fuera cierto no tendría sentido el crucificado.La fe es certeza desde la inseguridad La vida cristiana y por lo tanto la vida contemplativa es una vida abandonada, sin futuro rentable, es la confianza total en el Dios de las promesas, no en las promesas de Dios. Es el Dios de Jesús de Nazaret quien nos llamó a la vida y nos llamó para compartir esa vida, así la misma vida es fe, es confianza plena y total , es la Verdad entrando en mi verdad . La solidez de la fe nos la da la certeza de que procede de Dios, por lo tanto lo que articula es la dinámica del alma, esa fuerza del Espíritu Santo que te estremece por dentro, como estremeció a los asustados apóstoles el día de Pentecostés. Hace muchos años, quizá en los comienzos de mi vida como dominica contemplativa, me pregunté a mi misma que es lo que realmente quiso decir Jesús con la frase “si tuvieran fe como un grano de mostaza le dirían a esa montaña que se moviera y se movería” ( Mt 17,20) ¿hablaba de conseguir lo imposible? O ¿quizá nos presentaba la posibilidad de iniciar un camino donde lo esencial, lo plenificante es la confianza? ¿Y si las montañas no se mueven? ¿ se acabó la fe? , esa fue la experiencia de los amigos de Jesús frente a la cruz. Todo había terminado, mejor correr y esconderse porque la oscuridad, que es la mejor aliada del miedo, nos impide ver y sin ver solo tocamos el vacío, y la desilusión. ¡Pobres cristianos/as que deambulamos tantas veces en la mediocridad del momento sin apreciar que más allá de todo siempre está EL!. Después de varios meses de reflexión llegué a pedirle al Señor que no me diera una fe para mover montanas sino para creer que aunque no se muevan eso también entra en el plan de Dios. No es fácil el camino de fe en la trayectoria espiritual porque supone muchas veces tocar el fondo del ser sin percibir su misterio, en el Cristo desdibujado de la cruz no es fácil percibir el misterio del Dios hecho carne de nuestra carne, en la angustia y soledad de Getsemaní no es fácil percibir el misterio. En el dolor crucificado del pobre no es fácil percibir el misterio y sin embargo el misterio está., está rozando la cuerda más disonante de nuestra realidad para realizar con ella un acorde único, el que se compone cuando soy capaz de escuchar la melodía de Dios que siempre tendrá resonancias de fe y sin esa fe ¿ para que tanta palabra? “ en los silencios íntimos donde se siente el alma , tu clara voz creadora despierta la nostalgia ¿a quién iremos Verbo entre tantas palabras? “( de un himno de la Liturgia de las horas). EL SILENCIO QUE SE HACE PALABRA La contemplativa, necesita descubrir o escuchar en su corazón el silencio. Todo surge a partir del silencio, todo comenzó a ser en un instante de silencio ¿quién ha escuchado crecer la vida? ¿quién pudo percibir el instante de la gestación? ¿hubo instante o eternidad? . El silencio forma parte de esos “tiempos de manantial” que confrontan a la contemplativa con la belleza, desde el espacio mismo de Dios: la eternidad. Cuando ese manantial interior mana de la fuente es decir surge de Dios, la belleza de Dios se percibe, se escucha, se saborea más allá de los sonidos estremecedores del egoísmo, del desaliento o del miedo que parecen dar al paraje interior oscuridad y tiniebla. Desde el silencio la contemplativa aprende el leguaje de la vida, es como el abecedario del amor, cada gesto o palabra, cada mirada o sonrisa, cada dolor, cada alegría o sufrimiento son descifrados desde ese manantial del silencio. “cuando todo guardaba un profundo silencio, tu palabra omnipotente Señor se volcó hacia nosotros”, era la lección de Dios “en medio del silencio el Verbo se encarnó” (de la L. De Adviento . Jn 1,4) . De la misma manera la Palabra , el Verbo entra a ser parte constitutiva de la contemplativa/o y el rostro de Jesús le confiere identidad y le da solidez , le abre a otra realidad de la belleza: el corazón de la humanidad. Estaríamos hablando de una espiritualidad desencarnada si la mirada del alma no hubiera percibido el llanto secreto del corazón humano, sus anhelos y sus gozos. En este camino espiritual desde la trayectoria del silencio, aparece en el horizonte de la contemplativa una realidad diferente, en el marco de la oración comienza a escucharse una nueva nota. La nota de la misericordia, el perdón. Le estremece y le asusta su fragilidad pero a la vez le fortalece, le acompaña esa fuerza, esa misericordia y ese perdón de Dios : “sed compasivos como vuestro Padre Celestial es compasivo” ( Mt 5,48 ; Lc 6,36 ) . A Jesús el ser compasivo, la compasión del Padre le llevó a la cruz. En la cruz se estrechan toda la misericordia, toda la compasión y toda la ternura que se encierra en el corazón del Padre con la fragilidad y el desorden existente en el corazón del ser humano, de ese encuentro surge la nueva humanidad, le humanidad resucitada, la heredera del Reino , esa humanidad que camina hacia su plenitud. Para una contemplativa la mirada ha de ser siempre de plenitud, descubrir que todo camina hacia el Padre, que más allá del desorden y el deterioro que percibimos el ser humano camina hacia esa plenitud, le estructura interiormente y le prepara como comensal en el banquete del Reino. He de confesar que la imagen del Reino como banquete me resulta muy íntima. El banquete de los invitados a bodas, un banquete lleno de comensales “ciegos, lisiados, cojos”…. La imagen presentada por Jesús es de una gran belleza, porque nos abre hacia el horizonte interior del ser humano, cojo, lisiado, ciego pero obra primordial de Dios: “ y vio Dios que era muy bueno”, es la exclamación antropomórfica que el autor del Génesis pone en boca de Yahvé ante la creación del ser humano, es la exclamación constante que resuena en cada ser humano que nace, que vive, que crece y que muere. Hacía ahí apunta la mirada de la contemplativa y desde aquí sigue su despliegue espiritual, acariciar la belleza, la verdadera belleza. El silencio le ha configurado para percibirla, se ha convertido en un silencio hecho palabra.
EL GRITO HECHO PALABRA No sería fiel a mi misma y a mi misión sino reconociera que en amanecer de mi vida como contemplativa aparecieron ellos, los que no cuentan, dando profundidad y sentido a mi vocación. Ellos fueron para mi como un grito continuo donde pude percibir el rostro que me enamoró, el de Cristo. Tengo que confesar y quizá sea una motivación poco adecuada, que soy dominica contemplativa porque opté por los pobres, desde ellos descubrí el rostro del Padre. Ellos me condujeron hacia EL. Es la experiencia interior de la derrota, es decir el descubrimiento en medio de la fragilidad de que ahí está El. En una ocasión acudió al torno de mi monasterio en España una joven drogadicta, venía totalmente bajo los efectos de la droga y pedía conversar con una monja concreta de la comunidad, a la cual había conocido en cierta ocasión, su mirada estaba perdida, hundida en el vacío, le busqué con la mirada pero no estaba. Por aquel entonces la Conferencia Episcopal Española había publicado un documento sobre la ayuda a los jóvenes con problemas de droga y alcohol, en el documento los llamaba “enfermos de amor “. Su mirada buscaba amor, la mía quería dar amor y en ese cruce de miradas la enriquecida fui yo. Algo se estremece en el interior de la contemplativa cuando es capaz de vislumbrar el corazón del otro/a , sobre todo si ese corazón está roto. No es fácil recomponer corazones rotos, rehacerlos y devolverles su frescura original, pero tocar y acariciar esos corazones nos pone frente al misterio insondable del Cristo de la cruz. La contemplativa debe beber el cáliz del dolor de la humanidad desde su misma fuente: El crucificado; no estoy hablando de una espiritualidad dolorista sino de una espiritualidad P¿098ascual. Para María Magdalena la mañana de Pascua resonó en primer lugar al lado de Jesús en la cruz. Si realmente se había sentido amada por El , si le amaba, en lo profundo de su ser ya vislumbraba la presencia resucitada, porque solo el amor de Dios puede mantener la esperanza del encuentro y poner presencia donde humanamente o aparentemente solo existe deshecho y despojo. Si prestamos atención a la primera vez que Jesús se cruzó en su vida quizá intuyamos que esta fue la primera experiencia pascual: “mujer ¿nadie te condena? yo tan poco, vete y no peques mas” ( Jn 8 10-11 ) . Es un tiempo de manantial profundo, muy profundo, donde muchas veces desde la impotencia, la oscuridad y la propia experiencia de fragilidad, sigues apostando por la luz , la verdad y la belleza del ser humano. Cuando se siente de cerca el calor de la arena reseca, la sed del corazón se vuelve más intensa y el deseo de Dios sobrepasa los límites de lo pensable , por eso el rostro de los o de las otras se vuelve tan diáfano, se transforma en lugar de manantial, donde sigue brotando el mismo amor creador de aquel primer “hagamos”. Haciendo un pequeño resumen de lo compartido se podría afirmar que la experiencia espiritual de una contemplativa es la experiencia de la vida de cada día. Es estrenar el gozo de saberse vivida, de sentirse viva y de ofrecer vida . El mundo vive, la vida pasa, se vive. En nuestras constituciones tenemos una frase que define así nuestra vocación: “la misión de las monjas consiste en buscar a Dios en el silencio, pensar en El e invocarlo, de manera que la palabra que sale de la boca de Dios no vuelva a El vacía sino que germine en aquellos a quienes ha sido enviada” ( de la Constitución Fundamental ). En ese buscarle, pensar e invocarle la contemplativa pasa toda su vida, es como un arco iris , en un extremo el grito creador de la vida y de la llamada, en la curva el grito redentor del compartir y de la ofrenda, en el otro extremo el gozo del encuentro alcanzado y la plenitud del sello del Padre: “pasa al banquete de tu Señor”. ( Mt 25,23 ) . Cabría entonces preguntarse ¿Qué extremo del arco iris es el principio y cual el final?. No se puede verificar, todo él está impregnado por la convergencia de la luz y detrás de cada despliegue de color solo existe la luz, nada más. Detrás de todo nuestro proceso humano espiritual, de tras de cada instante solo está EL . Es El que es y siendo somos para siempre. Sor María Ángeles Martínez Moreno OP Dominica contemplativa – Monasterio de Santa Rosa de Lima – Santiago de Chile

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