Desafiante



DESAFIANTE

Me parece desafiante hablar de la ancianidad en una etapa de mi vida donde todavía queda un poco lejana. Aun así me gustaría entrar en una aclaración importante: no es lo mismo ser “vieja” que “anciana”. Si se trata de vivir en la esperanza de una vida gastada en plenitud tendríamos que hablar de “ancianidad”, si se trata de una vida vivida en la angustia de un tiempo que pasa desafiante y egocéntrico, tendríamos que hablar de “vieja”. Cuando la vida se gasta solo por el “tiempo”, es decir por el hecho normal de los días cronológicos, la vida se envejece. Cuando la vida se entrega, en ese ritmo normal del día a día, por amor , la vida se acrecienta en sabiduría y en esperanza, se vuelve “anciana” y respira armonía. Los minutos empiezan a contarse, no como un final del camino, sino como el principio del verdadero y definitivo camino. Se respira la verdadera belleza, la que es capaz de leerse con los ojos del alma, con los ojos de la sabiduría.
Quiero compartirles algo que forma parte de esa experiencia de plenitud que el ser humano lleva dentro y que necesita descubrir, la experiencia de lo esencialmente logrado. Lo titulo “el árbol seco”. Es una reflexión que surgió espontánea contemplando la belleza de un árbol seco. Frente al comentario de alguien que exclamó: ¡ y pensar que un árbol seco pueda ser bello!, pasó por mi mente la belleza de una vida gastada en plenitud, una vida que dio todo lo que era y fue feliz , como el árbol que se erguía ante mi majestuoso y bello, la belleza se la daba el proceso de plenitud que había seguido, por lo tanto su belleza se escondía dentro , en lo que era.

Fue un día cualquiera, no en un lugar cualquiera, en medio de una vegetación exuberante que rodea el paisaje brasilero, ¿el entorno? Un antiguo monasterio de monjas dominicas contemplativas, donde la naturaleza evoca una presencia que penetra hasta lo más íntimo del ser haciéndote sentir que estas viva. Rodeado de una floresta de ensueño se alza un árbol seco, sus ramas acariciadas por el tiempo denuncian que los años pasaron y dejaron huella. Entrelazadas abren espacio hacia el infinito, el azul del cielo, los rayos del sol y el árbol seco forman un conjunto armónico que irradia belleza: ¿muerte? ¿plenitud? ¿eternidad?.

Todo proceso que culmina es como una distancia recorrida hacia la eternidad, hacia la plenitud, es la puerta de un tiempo sin horas y sin minutos, sin ayer y sin mañana, es el siempre, es la lucha que acaba, que cambia de ritmo, de valores, fuera del tiempo y del espacio, instalada en la vida. Ese es su lugar definitivo: “la niña no está muerta solo duerme” (Lc 8,52) “Lázaro levántate” (Jn 11,43) “y vieron el sepulcro vacío y las vendas en el suelo”… (Jn 20,5-6)

Sentí la muerte como el principio de la vida: “no está aquí, HA RESUCITADO” (Lc 24,6), como la llave que abre una puerta y me confirma que fui feliz, vi la muerte como un camino donde las huellas de la historia me hicieron sentir que soy mujer, que amo y que seguiré amando.

Vi la muerte como la compañera que dirige mi trayecto hacia Dios: ” la piedra corrida y el sepulcro vacío” (Lc 24,1-3). Sentí la muerte como la aduana que traspasa fronteras y me coloca en la puerta de la patria definitiva: “en la casa de mi Padre hay muchas moradas, yo voy a prepararos un lugar”.(Jn 14,2).

La sentí como instalada en mi esencia humana, dando paso a la ternura, al perdón, la acogida, a la misericordia de Dios, en una palabra, dando paso a la vida: “si el grano de trigo no cae en tierra y muere …. queda infecundo” (Jn 12,24)

Miré la muerte desde la fe y me encontré en el umbral de la sala de los convidados al banquete de bodas, en ella, besé mis heridas y sentí que las sanaba el dedo de Dios: “ invita a los cojos, a los ciegos, a los lisiados …. Y la sala se llenó de comensales” (Lc 14,21-22; Mt 22,10) “felices los invitados al banquete de bodas del Cordero “ (Ap 19,9) “pasa al banquete de tu Señor “ (Mt 25,21-23).

Acepté la muerte y la fuerza del Espíritu gimió en mi corazón “ de sus entrañas brotarán torrentes de agua viva”, ( Jn 7, 37-38) “el Espíritu y la novia dicen : Ven , ven Señor Jesús” (Ap 22,17).

El árbol seco es como la metáfora del silencio, solo perceptible si aceptamos que fuimos amados eternamente por el Señor y que en ese proceso ha ido dejando una huella de plenitud que despuntará en la eternidad. El árbol seco es la vida vivida en la esperanza del tiempo de Dios.

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