Carta de una contemplativa a sus hermanos sacerdotes





CARTA DE UNA CONTEMPLATIVA, DESDE EL CORAZÓN DE DIOS, PARA SUS HERMANOS SACERDOTES



¡Ojalá pudiera escribir de verdad desde el Corazón de Dios!, habría entrado ya en la plenitud de la vida y mis palabras, pensamientos, sentimientos y obras serían ya las de Dios. No, todavía me muevo en el ámbito de lo DEMASIADO terreno, pero por un minuto quisiera cree que ya estoy en el Corazón de Dios como mi morada eterna, desde ese sueño de un minuto os escribo esta carta como si ya estuviera en el Corazón del Padre.

Allí estaría no con vosotros sino en vosotros, porque en Dios no existe ni lugar ni tiempo. Estaría en vosotros con la intensidad de Dios y desde esa intensidad acariciaría cada pequeño retazo de vuestro corazón y lo acariciaría según Dios y con El le daría tonalidad de eternidad y caricia de Cielo y fuego de fidelidad.

Desde ese Corazón de Dios os diría que os amo y esa palabra impregnaría vuestro ser con un rostro, el de JESÚS, y daría a vuestro camino aliento de madre y cercanía de hermana.

Desde ese corazón de Dios aprendería a mirar el vuestro a la luz del suyo y el gozo inundaría mi ser al descubrir que tiene trazado un camino y una cruz y un calvario y una mano de Padre que lo acaricia y lo toma y lo exprime sobre la Iglesia con un eco continuo de misericordia: “son sus vidas por la vida de mi Iglesia” … “haced esto en memoria mía”, y al mirar vuestro trigo en la gran patena del mundo, fundido en la única partícula Eucarística de la Cena Santa, dejaría caer un silencio en mi alma, besaría vuestra ofrenda, como besa una madre las entrañas del hijo que ya sale de casa. Y al mirar estas manos con tanto polvo y barro del camino le daría las gracias: “gracias Padre, porque estas manos pecadoras acompañaron por un tiempo las suyas, ahora desde este rincón de la eternidad: GRACIAS PADRE, uno a uno son tu ofrenda eterna, y se acumularían en mi mente los recuerdos, ahora según Dios, con al frescura del primer “hagamos”.

Después como quien espera un asentimiento miraría a María, la fiel, la llena de Gracia, la Madre, la que cada noche había velado vuestros anhelos y sueños, vuestras soledades y vuestros miedos, y me diría muy tierna: “solo te los prestamos, no eran tuyos, son de Jesús y míos”, y otra vez vuestra ofrenda caería sobre mi vida con un peso de víctimas, el peso del amor, de las horas calladas, de la entrega hecha vida.

Desde ese Corazón de Dios me acercaría a la pupila de vuestra alma y desde esa inmensidad le vería totalmente a el, entonces fundida en el silencio de la eternidad escribiría una palabra para que resonara como un eco continuo por los siglos de los siglos: SOIS DE DIOS , con el orgullo de quien siempre os dejó un lugar en su corazón, segura de que la mejor obra es la que realiza Dios y que solo en Dios seréis felices, ya allí en ese rinconcito de Cielo descansaré para siempre y aquellas manos de barro estarán fortalecidas por las vuestras ,cinceladas en el crisol del amor y VUESTRO SER EN DIOS SERÁ MI JÚBILO

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