
EXPERIENCIA: VOCACIÓN CONTEMPLATIVA ,
UN GRITO A LA VIDA DESDE LA VIDA
De nuevo me acerco las páginas de Testimonio y la verdad que esta vez el tema me resulta más “accesible”. Mi experiencia como dominica contemplativa se puede resumir en el título que encabeza este artículo: un grito a la vida desde la vida. ¡Atrevido! Si tenemos en cuenta que las categorías humanas en las que nos movemos , como sociedad del siglo XXI, ha desvalorizado casi completamente, el término vida, se le ha dado un valor relativo y en función de lo productivo de esa vida. Quiero aclarar que esta visión puede estar condicionada , y de echo lo está, por la trayectoria de los años que viví en Europa, donde nací (España), crecí y realicé mi vocación contemplativa hasta el año 1998 en el que llegué a Chile. Por lo tanto es una visión muy occidental y con una problemática que quizá aquí se manifieste en menos escala.
Los años, que en épocas pasadas dieron a la existencia coherencia hoy son una carga pesada para la sociedad, la ancianidad es una sombra, una pesadilla difícil de alejar, no marca peldaños de poder ni de dinero, solución, EUTANASIA: sucedáneo neurótico del miedo al deterioro físico y a la muerte.
Muy lejos queda también la sociedad que celebraba la vida ante la llegada al hogar de nuevos hijos. ¡Curioso! La libertad de la mujer centrada en una píldora: sucedáneo empobrecido de una revancha contra el machismo.
Con estos parámetros sociales afirmar que la vocación contemplativa es un grito a la vida, cuando esta se desenvuelve, como vulgarmente se dice, “dentro de cuatro paredes” no es una realidad a primera vista muy elocuente.
Partiendo de mi propia experiencia y la de mis hermanas con las que he convivido en los 22 años como dominica contemplativa, puedo afirmar que el llamado casi siempre ha partido de una experiencia y de un encuentro con la vida.
En los albores de la adolescencia, cuando soñar resulta fácil, al ir intuyendo la perspectiva de mi vocación viví la experiencia de la totalidad, la necesidad de acariciar el mundo y hacerlo mío, sonreír con los que sonreían y llorar con los que lloraban. Cuando el encuentro con la vida ha ido transformándose positivamente, en el corazón de la contemplativa ha brotado el gozo, la alegría y el deseo de entregar lo mejor de si misma. Quiero afirmar que voy a centrarme más en la parte humana que envuelve el llamado. Todos o casi todos los que tenemos acceso a esta revista somos consagrados y a todos nos consta que la vocación parte de una elección divina y que sin esa elección no habría sido posible ni el primer paso, ni todos los restantes. Quizá olvidamos con frecuencia la realidad humana que envolvió nuestra vocación. Cuando la vocación se idealiza demasiado, se espiritualiza en extremo, existe el peligro de no vivirla sino de manejarla y la vocación o se vive o se pierde. “Tienes paciencia en el sufrimiento: has sufrido por mi nombre sin desfallecer, pero tengo contra ti que has perdido tu amor de antes” ( Ap 2, 3-4). El primer amor se entibia cuando se olvida el elemento humano que lo configura. El elemento divino siempre está, la elección es para siempre, Dios no se arrepiente, sus dones son irrevocables. Soy yo quien camino hacia él sabiéndome vasija, si desconozco mi barro nunca tendré conciencia de que esta vasija esta llena o tiene capacidad para estarlo.
En el inicio de la vocación religiosa, cuando comenzaba a balbucir las primeras sílabas de este maravilloso albafeto, encontré una frase que definió para siempre mi vocación , la escribió una dominica contemplativa fallecida hace bastantes años, madre Teresa de Jesús Ortega, del monasterio Madre de Dios de Olmedo ( Valladolid, España), decía así: “te busqué a TI porque me llamaban ellos”. Intentaba explicar el por qué de su vocación contemplativa confrontando su impotencia frente al grito de vida reflejado en esa humanidad doliente que la necesitaba y la Omnipotencia de Dios que desde el silencio haría fecunda su entrega. Porque el campo de acción de una contemplativa es el corazón de la humanidad, donde el rostro humano del pobre o del rico, necesita el mismo traje, el traje del AMOR. Es talla única y tiene como medida : UN MADERO: “cuando yo sea levantado en alto atraeré a todos hacia mí” ( Jn 12, 32) UN CRUCIFICADO: “la vida nadie me la arrebata, la doy yo voluntariamente” (Jn 10,18 ) y un PAN PARTIDO Y COMPARTIDO: “ el pan que yo les daré es mi carne para la vida del mundo” (Jn 6, 51). Más tarde aprendí a definirme como contemplativa, como una mujer que ama la vida y se siente impulsada a dar vida porque tiene un corazón feliz.
La esencia de la vocación contemplativa está en ser lo que es , decía Pablo VI: “vosotras sed lo que tenéis que ser y el Señor se encargará de que los muros de vuestros conventos sean de cristal”. La contemplativa es portadora y generadora de vida sin más armas que la oración y el silencio, segura y confiada que la oración, el canto, la liturgia, el estudio, la vida común, el trabajo son un canto a la vida cuyo instrumento musical ha de ser afinado cada día con notas y compases de amor y fidelidad, que el PRINCIPAL COMPOSITOR ya tiene definidos en su partitura, para que en todos los rincones del mundo se pueda escuchar y adquirir su melodía. Es gratis porque ha sido compuesta con la entrega y destinada a generar felicidad, que no es sinónimo de vida fácil, sino de esperanza. Muchas veces en medio del dolor y de la prueba hay que seguir gritando que la oscuridad tendrá amanecer: “grita lleno de gozo pregonero que traes noticias buenas, se rompen las cadenas y el sol de Cristo brilla esplendoroso” ( himno del oficio coral)
Acabo esta aportación afirmando que no es utópico asegurar que la contemplativa tiene un corazón feliz, no puede no tenerlo, el contacto con Dios ha humanizado su ser y ha divinizado su mirada, por eso puede contemplar el horizonte sabedora de que su vasija es frágil y quebradiza pero está en las manos del mejor alfarero, no necesita la aprobación y el asentimiento utilitarista de la sociedad, sólo darse y esa entrega la hace inmensamente feliz. Ha empezado a respirar a Dios con perfume humano. Como dominica la experiencia de Dios se fragua en la vida común, la comunidad cataloga la profundidad y la generosidad de mi vida, convirtiéndose en un báculo común donde todas tenemos nuestro punto de apoyo. Me gusta definir la comunidad como lugar de encuentro, de acogida y de perdón. Lugar de encuentro porque en ella hemos sido llamadas a compartir la Vida que es Dios. Lugar de acogida porque esa Vida la cuidamos, la acogemos todos los que formamos la comunidad y juntas la construimos. Lugar de perdón porque en más de una ocasión cada una somos el “hijo pródigo”, otras veces el “hijo mayor” y siempre debemos luchar por adquirir el rostro misericordioso del Padre.
Desde mi propia verdad puedo afirmar que me siento en camino, creo que realizada como mujer y como consagrada, intentando alcanzar la meta. La experiencia de una muerte que es vida marcó en una época de mi historia toda la trayectoria de mi existencia y me liberó para amar. Libre para amar, consagrada para ser pan partido porque Dios vale la pena. Ahora que acompaño más de cerca de mis hermanas menores ayudándoles a descubrir las primeras sílabas del alfabeto que tendrán que aprender y practicar toda su vida, he descubierto la riqueza de ese santuario secreto que es cada corazón humano y el valor de la vida entregada para que tengan vida: “si dejas los pedazos de tu alma enamorada en el sendero que dulces mensajero, que hermosos, que divinos son tus pasos” ( de un himno del oficio coral).
Unos meses antes de mi ingreso en el monasterio, allá por los años 80, visité a la comunidad en una determinada ocasión, en el trayecto hacia el monasterio, en unos muros contiguos al mismo había unas inmensas pintadas con el siguiente texto: “parásitos de la sociedad” .No me causó el menor impacto porque entendí que partía de gente condicionada por ambientes hostiles a todo lo religioso. Pero a lo largo de mi vida consagrada he vuelto muchas veces sobre esa frase, no por dudas sino por un cuestionamiento personal de fidelidad que me ha llevado a la conclusión de que, efectivamente, en el momento en el cual deje de ser feliz, cuando pierda el gozo por mi consagración, cuando quiera adquirir parámetros de eficacia, basados en justificaciones inútiles, cuando no sepa mirar el futuro más allá de las apariencias y con miedo, automáticamente me habré convertido en un parásito de la sociedad.
La vocación contemplativa implica asomarse sin miedo y sin rechazo a la vida, ser capaz de sentir en el ser calor humano y con brazos inmensos acariciar el tiempo y la historia como lugar privilegiado de encuentro y de presencia, entonces cada día es BETANIA, se vuelve a romper el frasco y a derramar el perfume un año, diez años, veinte años, cincuenta años, la vida entera, el tiempo pasa a ser acontecimiento teológico y la contemplativa sin perder su esencia queda instalada en el corazón de la humanidad. Esta experiencia es la que llevó a Teresa de Lisieux a descubrir que su vocación era el amor y que el centro de ese amor se encontraba en el corazón. “En el corazón de mi madre la Iglesia yo seré el amor“. (Teresa de Lisieux, historia de un alma) . “Pasar por la vida haciendo el bien, rasga el viento con la sonrisa en los labios y en el corazón, pasar como una tenue centella sobre le dolor de la humanidad con las manos repletas de amor y dejar una estela de Dios como única herencia de mi paso. Pasar como se pasa la tarde, preñada de silencios , de anhelos, de esperanzas, de viejas soledades, dejar que la mirada sólo llamee tu presencia . No quiero más recuerdo que una canción de paz, allá en la pequeña aldea de mi pueblo, junto al chopo solitario, no quiero más recuerdo que la sombra de mi cuerpo inclinada bajo tu Sagrario, en la serena intimidad del claustro y un letrero grande, tan grande como tu misterio, desplegado sobre el corazón del mundo, que proclame a los cuatro vientos: no fue nadie sólo pasó por la vida haciendo el bien”( Soneto del recuerdo. M.M ) .
Partiendo del concepto de “vida útil”queasume nuestra sociedad y que expuse al comienzo esta colaboración, queda claro que la primera experiencia que se le debe presentar a las jóvenes que piden compartir nuestra vocación como proyecto de vida, es la de la gratuidad.
Desde ese sentido de gratuidad, de la eficacia que no se mide por lo que produce sino por el amor que configura , da libertad y coherencia, que no huye del futuro sino que se lanza al futuro con la seguridad de quienes se sienten profetas de los tiempos nuevos, tiempos difíciles , sin duda, tiempos de acoger y construir, de caldear las cenizas para que puedan prender las nuevas generaciones, de trabajar con paciencia para que la higuera produzca los frutos esperados, los frutos de los tiempos futuros, los que el Espíritu hará germinar en esas nuevas experiencias de vida que supone cada vocación que llama a la puerta de nuestro monasterio.
La experiencia vocacional es una problemática en una gran parte de la vida consagrada a nivel mundial, los tiempos han cambiado y debemos aprender a intuir la presencia del Espíritu, porque “ el Espíritu sopla donde quiere y oyes un ruido pero no sabes de donde viene ni a donde va” (Jn 3,8) , este es el reto de la vida contemplativa, escuchar le murmullo del Espíritu y poder decir que no sabemos de donde viene ni adonde va pero queremos dejarnos conducir por El
Sor María Ángeles Martinez Moreno
Dominica contemplativa
Monasterio Inmaculada de Atacama ( Copiapó)
De nuevo me acerco las páginas de Testimonio y la verdad que esta vez el tema me resulta más “accesible”. Mi experiencia como dominica contemplativa se puede resumir en el título que encabeza este artículo: un grito a la vida desde la vida. ¡Atrevido! Si tenemos en cuenta que las categorías humanas en las que nos movemos , como sociedad del siglo XXI, ha desvalorizado casi completamente, el término vida, se le ha dado un valor relativo y en función de lo productivo de esa vida. Quiero aclarar que esta visión puede estar condicionada , y de echo lo está, por la trayectoria de los años que viví en Europa, donde nací (España), crecí y realicé mi vocación contemplativa hasta el año 1998 en el que llegué a Chile. Por lo tanto es una visión muy occidental y con una problemática que quizá aquí se manifieste en menos escala.
Los años, que en épocas pasadas dieron a la existencia coherencia hoy son una carga pesada para la sociedad, la ancianidad es una sombra, una pesadilla difícil de alejar, no marca peldaños de poder ni de dinero, solución, EUTANASIA: sucedáneo neurótico del miedo al deterioro físico y a la muerte.
Muy lejos queda también la sociedad que celebraba la vida ante la llegada al hogar de nuevos hijos. ¡Curioso! La libertad de la mujer centrada en una píldora: sucedáneo empobrecido de una revancha contra el machismo.
Con estos parámetros sociales afirmar que la vocación contemplativa es un grito a la vida, cuando esta se desenvuelve, como vulgarmente se dice, “dentro de cuatro paredes” no es una realidad a primera vista muy elocuente.
Partiendo de mi propia experiencia y la de mis hermanas con las que he convivido en los 22 años como dominica contemplativa, puedo afirmar que el llamado casi siempre ha partido de una experiencia y de un encuentro con la vida.
En los albores de la adolescencia, cuando soñar resulta fácil, al ir intuyendo la perspectiva de mi vocación viví la experiencia de la totalidad, la necesidad de acariciar el mundo y hacerlo mío, sonreír con los que sonreían y llorar con los que lloraban. Cuando el encuentro con la vida ha ido transformándose positivamente, en el corazón de la contemplativa ha brotado el gozo, la alegría y el deseo de entregar lo mejor de si misma. Quiero afirmar que voy a centrarme más en la parte humana que envuelve el llamado. Todos o casi todos los que tenemos acceso a esta revista somos consagrados y a todos nos consta que la vocación parte de una elección divina y que sin esa elección no habría sido posible ni el primer paso, ni todos los restantes. Quizá olvidamos con frecuencia la realidad humana que envolvió nuestra vocación. Cuando la vocación se idealiza demasiado, se espiritualiza en extremo, existe el peligro de no vivirla sino de manejarla y la vocación o se vive o se pierde. “Tienes paciencia en el sufrimiento: has sufrido por mi nombre sin desfallecer, pero tengo contra ti que has perdido tu amor de antes” ( Ap 2, 3-4). El primer amor se entibia cuando se olvida el elemento humano que lo configura. El elemento divino siempre está, la elección es para siempre, Dios no se arrepiente, sus dones son irrevocables. Soy yo quien camino hacia él sabiéndome vasija, si desconozco mi barro nunca tendré conciencia de que esta vasija esta llena o tiene capacidad para estarlo.
En el inicio de la vocación religiosa, cuando comenzaba a balbucir las primeras sílabas de este maravilloso albafeto, encontré una frase que definió para siempre mi vocación , la escribió una dominica contemplativa fallecida hace bastantes años, madre Teresa de Jesús Ortega, del monasterio Madre de Dios de Olmedo ( Valladolid, España), decía así: “te busqué a TI porque me llamaban ellos”. Intentaba explicar el por qué de su vocación contemplativa confrontando su impotencia frente al grito de vida reflejado en esa humanidad doliente que la necesitaba y la Omnipotencia de Dios que desde el silencio haría fecunda su entrega. Porque el campo de acción de una contemplativa es el corazón de la humanidad, donde el rostro humano del pobre o del rico, necesita el mismo traje, el traje del AMOR. Es talla única y tiene como medida : UN MADERO: “cuando yo sea levantado en alto atraeré a todos hacia mí” ( Jn 12, 32) UN CRUCIFICADO: “la vida nadie me la arrebata, la doy yo voluntariamente” (Jn 10,18 ) y un PAN PARTIDO Y COMPARTIDO: “ el pan que yo les daré es mi carne para la vida del mundo” (Jn 6, 51). Más tarde aprendí a definirme como contemplativa, como una mujer que ama la vida y se siente impulsada a dar vida porque tiene un corazón feliz.
La esencia de la vocación contemplativa está en ser lo que es , decía Pablo VI: “vosotras sed lo que tenéis que ser y el Señor se encargará de que los muros de vuestros conventos sean de cristal”. La contemplativa es portadora y generadora de vida sin más armas que la oración y el silencio, segura y confiada que la oración, el canto, la liturgia, el estudio, la vida común, el trabajo son un canto a la vida cuyo instrumento musical ha de ser afinado cada día con notas y compases de amor y fidelidad, que el PRINCIPAL COMPOSITOR ya tiene definidos en su partitura, para que en todos los rincones del mundo se pueda escuchar y adquirir su melodía. Es gratis porque ha sido compuesta con la entrega y destinada a generar felicidad, que no es sinónimo de vida fácil, sino de esperanza. Muchas veces en medio del dolor y de la prueba hay que seguir gritando que la oscuridad tendrá amanecer: “grita lleno de gozo pregonero que traes noticias buenas, se rompen las cadenas y el sol de Cristo brilla esplendoroso” ( himno del oficio coral)
Acabo esta aportación afirmando que no es utópico asegurar que la contemplativa tiene un corazón feliz, no puede no tenerlo, el contacto con Dios ha humanizado su ser y ha divinizado su mirada, por eso puede contemplar el horizonte sabedora de que su vasija es frágil y quebradiza pero está en las manos del mejor alfarero, no necesita la aprobación y el asentimiento utilitarista de la sociedad, sólo darse y esa entrega la hace inmensamente feliz. Ha empezado a respirar a Dios con perfume humano. Como dominica la experiencia de Dios se fragua en la vida común, la comunidad cataloga la profundidad y la generosidad de mi vida, convirtiéndose en un báculo común donde todas tenemos nuestro punto de apoyo. Me gusta definir la comunidad como lugar de encuentro, de acogida y de perdón. Lugar de encuentro porque en ella hemos sido llamadas a compartir la Vida que es Dios. Lugar de acogida porque esa Vida la cuidamos, la acogemos todos los que formamos la comunidad y juntas la construimos. Lugar de perdón porque en más de una ocasión cada una somos el “hijo pródigo”, otras veces el “hijo mayor” y siempre debemos luchar por adquirir el rostro misericordioso del Padre.
Desde mi propia verdad puedo afirmar que me siento en camino, creo que realizada como mujer y como consagrada, intentando alcanzar la meta. La experiencia de una muerte que es vida marcó en una época de mi historia toda la trayectoria de mi existencia y me liberó para amar. Libre para amar, consagrada para ser pan partido porque Dios vale la pena. Ahora que acompaño más de cerca de mis hermanas menores ayudándoles a descubrir las primeras sílabas del alfabeto que tendrán que aprender y practicar toda su vida, he descubierto la riqueza de ese santuario secreto que es cada corazón humano y el valor de la vida entregada para que tengan vida: “si dejas los pedazos de tu alma enamorada en el sendero que dulces mensajero, que hermosos, que divinos son tus pasos” ( de un himno del oficio coral).
Unos meses antes de mi ingreso en el monasterio, allá por los años 80, visité a la comunidad en una determinada ocasión, en el trayecto hacia el monasterio, en unos muros contiguos al mismo había unas inmensas pintadas con el siguiente texto: “parásitos de la sociedad” .No me causó el menor impacto porque entendí que partía de gente condicionada por ambientes hostiles a todo lo religioso. Pero a lo largo de mi vida consagrada he vuelto muchas veces sobre esa frase, no por dudas sino por un cuestionamiento personal de fidelidad que me ha llevado a la conclusión de que, efectivamente, en el momento en el cual deje de ser feliz, cuando pierda el gozo por mi consagración, cuando quiera adquirir parámetros de eficacia, basados en justificaciones inútiles, cuando no sepa mirar el futuro más allá de las apariencias y con miedo, automáticamente me habré convertido en un parásito de la sociedad.
La vocación contemplativa implica asomarse sin miedo y sin rechazo a la vida, ser capaz de sentir en el ser calor humano y con brazos inmensos acariciar el tiempo y la historia como lugar privilegiado de encuentro y de presencia, entonces cada día es BETANIA, se vuelve a romper el frasco y a derramar el perfume un año, diez años, veinte años, cincuenta años, la vida entera, el tiempo pasa a ser acontecimiento teológico y la contemplativa sin perder su esencia queda instalada en el corazón de la humanidad. Esta experiencia es la que llevó a Teresa de Lisieux a descubrir que su vocación era el amor y que el centro de ese amor se encontraba en el corazón. “En el corazón de mi madre la Iglesia yo seré el amor“. (Teresa de Lisieux, historia de un alma) . “Pasar por la vida haciendo el bien, rasga el viento con la sonrisa en los labios y en el corazón, pasar como una tenue centella sobre le dolor de la humanidad con las manos repletas de amor y dejar una estela de Dios como única herencia de mi paso. Pasar como se pasa la tarde, preñada de silencios , de anhelos, de esperanzas, de viejas soledades, dejar que la mirada sólo llamee tu presencia . No quiero más recuerdo que una canción de paz, allá en la pequeña aldea de mi pueblo, junto al chopo solitario, no quiero más recuerdo que la sombra de mi cuerpo inclinada bajo tu Sagrario, en la serena intimidad del claustro y un letrero grande, tan grande como tu misterio, desplegado sobre el corazón del mundo, que proclame a los cuatro vientos: no fue nadie sólo pasó por la vida haciendo el bien”( Soneto del recuerdo. M.M ) .
Partiendo del concepto de “vida útil”queasume nuestra sociedad y que expuse al comienzo esta colaboración, queda claro que la primera experiencia que se le debe presentar a las jóvenes que piden compartir nuestra vocación como proyecto de vida, es la de la gratuidad.
Desde ese sentido de gratuidad, de la eficacia que no se mide por lo que produce sino por el amor que configura , da libertad y coherencia, que no huye del futuro sino que se lanza al futuro con la seguridad de quienes se sienten profetas de los tiempos nuevos, tiempos difíciles , sin duda, tiempos de acoger y construir, de caldear las cenizas para que puedan prender las nuevas generaciones, de trabajar con paciencia para que la higuera produzca los frutos esperados, los frutos de los tiempos futuros, los que el Espíritu hará germinar en esas nuevas experiencias de vida que supone cada vocación que llama a la puerta de nuestro monasterio.
La experiencia vocacional es una problemática en una gran parte de la vida consagrada a nivel mundial, los tiempos han cambiado y debemos aprender a intuir la presencia del Espíritu, porque “ el Espíritu sopla donde quiere y oyes un ruido pero no sabes de donde viene ni a donde va” (Jn 3,8) , este es el reto de la vida contemplativa, escuchar le murmullo del Espíritu y poder decir que no sabemos de donde viene ni adonde va pero queremos dejarnos conducir por El
Sor María Ángeles Martinez Moreno
Dominica contemplativa
Monasterio Inmaculada de Atacama ( Copiapó)
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